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Vuelvo a soñar con libélulas gigantes que surcan el cielo. Atardeceres  desnudo tumbado en la húmeda hierba.  La agradable brisa que recorre mi piel.

Vuelvo a mirar a los ojos al destino. Le cuento, le explico que no creo en el, que no es mas que el fruto de una siembra inconsciente. La casualidad y la causalidad en forma de paquete decorado y regalo improvisado.

Quiero levitar y lo hago, pero sin moverme del suelo, floto con el convencimiento de que lo que está pasando es real. Susurra a mi oído la voz de la constante e imperecedera liana de sucesos que de una forma u otra han hecho de mi lo que soy.

Desciendo lentamente y me siento reconfortado. Ella sostiene mi mano, mirándome fijamente intentando descifrar lo que esconde mi mirada. Pero no hay transparencia, ni siquiera sabiendo quien soy puedo decirle a mi culpa qué es lo que adolece mi mirada. Mientras siga encerrado detras de una mascara consciente, nada ni nadie entrara para alterar mi desorden ordenado, un caos particular que conozco a la perfección, pero que es tan mio que debo mantener dormido, escondido.

Mañana tendría que haber sido hoy y ya no hay tiempo. Es demasiado tarde para que alguien pueda comprender que el final está cerca y que si estoy donde estoy es porque llevo un largo camino recorrido.

Solo.

Un nuevo sorbo de la taza en una recreación domestica de un ritual tolteca. La flor lila de un peyote florecido. Una percepción mescalizada*de enteógeno preparado con mimo. Puedo descifrar el aroma que me envuelve, ahora soy capaz de todo y de nada. Y se hace el silencio. Me desintegro.

Nada fluye, se ha terminado, oscurece, la flor está marchita y gris, la puerta se cierra, el todo se vuelve finito y la visión de mi entorno, estanca. Pronto volveré a encontrarme conmigo o quien sabe, si estás lo suficientemente preparado, puedes probar a sentarte a mi lado y darle un sorbo a la llave del infinito.

 

 

 

 

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– Dame la mano.

Shopie sonreía mientras hacía equilibrio.

– Deja de hacer el tonto y dame la mano.

Ensimismada sobre la baranda, avanzaba con los brazos en cruz mientras su boca esgrimía un gesto de felicidad y sus ojos brillaban reflejando el vacío.  Era yo el que estaba nervioso, pero era ella la que jugaba con la muerte, saludándola a cada paso, avistando a poca distancia el cartel de bienvenida al mas allá. El cosquilleo que recorría cada músculo de mi cuerpo era inaguantable. Cada paso que daba volvía a nacer y perecer permaneciendo como una funambulista del circo del último adiós

– Por favor, Sophie, prometo no volver a retarte.

Caso omiso. Susurrando una melodía que al principio no me pareció importante pero que pronto envolvió mis oídos, acompañada de las agujas del reloj de la cuenta atrás hacia el desastre. Tic, tac, tic, tac. Simulando poder jugar en el hall del palacio donde la vida sucumbe, Sophie se elevaba dieciséis pisos por encima del suelo.

La música cesó. El sonido serpenteante del viento dictó su sentencia. A lo lejos las voces de los niños. Mi madre me miró desde la puerta  justo antes de apagar la luz que dejaría ver las estrellas pegadas en el techo de mi cuarto.  La oscuridad fugazmente invadida por la luz que atravesaba la persiana.  La sombra en el pavimento. Cada vez mas cerca.

– Baja de ahí. – Tenía que hacer un esfuerzo para no perder el control, Sophie pareció escucharme y de un salto, se colocó delante de mí.

– Está en tu cabeza.

– ¿Qué dices?

– Digo, que el miedo está en tu cabeza.

– Te la has jugado Sophie. Podrías haberte caído.

– Pero no lo he hecho. ¿Verdad Hadrien? – Sophie acercó sus labios a los míos. La brisa hizo que su pelo acariciara mi cara con delicadeza. Mil y una veces había imaginado su beso, mil y una veces la había soñado, pero el simple contacto de sus pelo era suficiente. No podría olvidar jamás su olor. El color de sus ojos que habían atrapado desiertos de cálida arena. Sus pestañas abanicando cada uno de sus guiños.

Una diminuta muestra de lo plena que era la simpleza de la atracción, o todo lo contrario, ahora no lo se, pero entonces me sabía parte de un algo tan poderoso como suyo.

Lago Gigerie, Yukón, Canadá

– ¿Ves algo?

– Está demasiado oscuro y no veo mas de dos metros por la nieve.

– Lo curioso es que el viento ha cesado, ¿No crees?

– No lo entiendo, hace un rato, no podía soportar el viento en la cara. Y ahora, es como si todo se hubiera parado. Quiero decir; el viento, el agua, ya sabes…el frío.

– Si, algo raro pasa aquí. – Todo aquello era extraño, después de dejar el coche e medio del camino que obstaculizaba aquel árbol caído. Emprendimos la marcha hacia el lugar donde nos encontrábamos: El Lago Gigerie. Un cartel lleno de marcas de perdigones servía de recordatorio del nombre del lugar. Si, era extraño. No había nieve donde nos encontrábamos, en cambio la cortina blanca caía sin cesar.

Me retiré uno de los guantes tocando el fango que había debajo de nosotros. Estaba caliente.

– Por alguna extraña razón el suelo está caliente.

– ¿Has pensado en un manantial?

– No…había pensado en algo mas rebuscado, pero tu respuesta es mas convincente.

– ¿Ves como me necesitas aquí contigo?

Solté una carcajada, pero algo me decía que nos veríamos envueltos en algún embrollo poco después. O eso recuerdo ahora, en realidad puede que me tranquilizara de verdad, quién sabe.

Ryan, con los brazos en jarra respiraba intranquilo.

– ¿No estás tranquilo verdad amigo?

– Aquí pasa algo Hadrien, desde que salimos del coche e iniciamos la marcha, he sentido que alguien nos observaba.

– Tengo la misma sensación.

– Lo que está claro es que las fotos coinciden plenamente con el lugar en donde estamos. Ese cartel, ahora roñoso es el mismo que sujeta tu padre en la fotografía.

– En efecto Ryan. Supongo por tanto que sea lo que sea lo que vayamos a encontrar está aquí…será lo que estamos buscando.

– En marcha pues.

– En marcha… – Pero algo sonó a lo lejos.

– ¿Has oído eso?

– ¡Shh! ¡Calla!

– Juraría que era un ladrido Hadrien. Es mejor que nos movamos.

Al ponerme el guante noté lo húmedo que estaba. Tenía además, el cuerpo calado desde los pies a la cabeza. Reanudamos la marcha, hasta encontrar el borde del lago. La capa de nieve escondía el hielo que en algunos puntos podía vislumbrarse. Nos adentramos sobre las congeladas aguas avanzando sobre la nieve que crujía a nuestro paso. Ryan a mi espalda rompió el silencio.

– No estoy seguro de que sea buena idea ir mas allá.

– Yo tampoco. Además no se si estamos huyendo de algo. Quizá no fuera mas que el ladrido de un Lobo.

– ¡Vaya! Muchas gracias. Ahora estoy mucho mas tranquilo.

De pronto, no muy lejos, se escuchó un disparo.

Algún lugar conocido

¡Buenos días! Son las 6 de la mañana y está escuchando QTE Radio. -Melodía -¡Qte qte go! Si está desayunando que le aproveche y si esto es lo primero que escucha nada mas despertar. -Sinfonía ascendente- ¡Bienvenido bienvenido bienvenido! Mi nombre es ¡Chandleeeeeeer Kudrow!. -Gritos femeninos – ¡Aaaaaaah!  Gracias chicas.

Anime su mañana tomando cereales McHerly. ¡Ñam Ñan! Recuerde que McHerly cuida el medio ambiente con una contribución del 1% de sus ventas en el estudio de ingeniería para energías renovables

Vamos vamos vamos, no sea perezoso.

¡Qte qte go!

Eso está mejor amigo. Empecemos la mañana escuchando lo nuevo de estos chicos rebeldes llamados “Sweet Heroes”.

¿Les ha gustado? ¡Claro que si!

Ese día la radio sonaba en casa sin que nadie la escuchara. Ese día la cama estaba vacía. Ese día era el primero en mucho tiempo que no me presentaría al trabajo. Estaba muy lejos. Mucho mas lejos de lo que imaginan. Estaba visitando a mi padre. Visitándolo en el año 1917. Sasha cumpliría los 11 años ese día invernal en el que los Soviets entrarían en lo que ahora conocemos como San Petersburgo. Ese día mi cometido era sacar a mi padre de la ciudad. O de lo contrarío…de lo contrarío no podría estar escribiendo esta historia. Mi futuro dependía de que todo saliera bien. Así pues decidí embarcarme en el viaje mas extraño de mi vida.

– ¿Tienes miedo?

– Estoy acojonado.

– Tranquilo Hadrien.

Enfundado en un disfraz de cosmonauta del espacio tiempo me disponía a pulsar el botón de lanzamiento.

– Procura no respirar mientras viajes por el tubo. En unos segundos estarás en tu destino.

Asentí con la cabeza, con un gesto nervioso que la escafandra tapaba detrás de si.

– Adelante Hadrien.

Si tuviera que explicar lo que uno siente cuando viaja en el tiempo diría que no dista mucho de ser algo parecido a lo que sientes al lanzarte por un tobogán lleno de agua. Sin reparar en pequeños detalles de posibles sensaciones físicas, la adrenalina sigue siendo el ingrediente principal. Durante unos segundos pierdes la perspectiva de lo que está arriba y esta abajo, e intentas protegerte de algo que nunca llega pero que parece que te pueda golpear. Si llevas un reloj en la muñeca ni siquiera cambiara de hora. Simplemente permanecerá contigo. Pero no está en las sensaciones la grandiosidad de este trámite, es mas bien la repercusión que puedas tener en ese espacio tiempo que no te corresponde. Son tales los riesgos que corre la consecución de un efecto mariposa, que una posible acción sin medida o todo lo contrario, puede provocar el mismo final. El desastre. Pero esto solo es una posibilidad no nos alarmemos. Aunque puedo asegurar sin temor a equivocarme, que no es otro mas que tu yo el que viaja y por tanto, un cambio en el pasado, podría provocar una paradoja en el presente, algo tan sencillo como eliminar tu existencia y desaparecer. Sin posibilidad de volver. Con esto no quiero decir que desaparezcas del todo, quizá tu si, pero solo el tu del que tienes constancia. Y ese tu, ese yo, no es el único. Sí en este plano, tal vez. O quizá otro yo haya hecho lo mismo. Y te lo encuentres de frente, quien sabe.

Miré a aquellos niños asustados mientras me desacía del casco re-plegable

– Здравствуйте, дети. Меня зовут Эдриен – Que para que ustedes amigos entiendan, significa. “Hola, chicos. Mi nombre es Hadrien.”

El controlador es alguien del que poco se sabe, pero que  todo lo sabe y todo lo ve. Hay miles de controladores. Se alimentan de información, sentados en sus sillones de cuero rojizo y añejo. Tienen la capacidad de mover el mundo con sus palancas de oro y controlan el espacio tiempo con botones redondos que recuerdan a paneles de viejos ascensores.

Solos.

Alguien que conocía la existencia de estos seres, me dijo que algún día, sus matarifes, vendrían a buscarnos. Yo no lo creo, quizá en el fondo quiero creer lo contrario, pero mi intuición me dice que los matarifes seremos nosotros mismos.

Resulta difícil asimilar que un tipo sentado, con su enorme trasero pegado a su sillón, tenga tanto poder; pero es más fácil de lo que parece.

Tengo miedo. Ten miedo. Tengamos miedo.

El humo de sus puros hace irrespirable las capsulas flotantes en las que llevan siglos alojados. Flotando sobre nuestras quijoteras, a decenas de kilómetros de altura, se saben controladores y así se hacen llamar cuando en sus ligeros y cortos sueños se ven en los espejos, con su sonrisas de medio lado, -¡Controlador! – se dicen a sí mismos, le dicen a sus reflejo, le dicen a sus oídos, se dicen a sus adentros.

El sonido hidráulico del movimiento de sus mecánicos sillones móviles balancean sus pequeños pies que no tocan el suelo, en trescientos sesenta grados de controles, para que el controlador, controle.

En ocasiones esbozan carcajadas silenciosas, que solo ellos escuchan, que solo ellos conocen. Se ríen de lo que hacen, pues es tal la seguridad con la que ejercen su trabajo, que postrados y orgullosos, se deleitan a bien de sus maquiavélicas mentes.

Oscuros ojos negros, completamente negros, tan negros como el más oscuro de los rincones, como la más oscura de las sombras, y es de esto mismo de lo que están compuestos sus ojos, de sombras, que han ido acumulando durante tantos años. Son ojos que miran todo y nada, pues de la nada se alimentan. La misma nada que una vez intentó destruir fantasía, la misma nada en la que nadan.

Sus grandes orejas, lo oyen todo. Son orejas blandas, orejas centenarias. Orejas que no han parado de crecer nunca, y seguirán creciendo, alimentándose de información.

Y su vestimenta, de lino rugoso, aviejado por el tiempo, ese tiempo que para ellos no tiene importancia, pues mientras puedan aspirar sus inconsumibles puros, todo seguirá su curso, y nosotros seguiremos siendo lo que somos, sus marionetas.

En su pecho, el bolsillo de su traje sostiene un pañuelo usado, de color rojo, mal doblado.

Sobre sus cabezas, grandes sombreros de copa, que una vez fueron preciosos y erguidos, pero que ahora ha sucumbido al respirar del humo y el fragor de la batalla contra el tiempo.

Allí están, donde nuestros ojos no alcanzan a ver, más allá de las bellas nubes, más allá incluso que las estelas de los aviones, donde la tierra deja de ser tierra y se convierte en espacio, donde nuestros sueños vuelan de noche, y son atrapados. Y es aquí donde quería llegar. Pues bajo las esferas flotantes se encuentran los embudos de ensueño, que sirven de entrada para el combustible de las armas que arrojan las palancas y botones de los controladores.

Prepárate para el ataque pues cada ráfaga de disparos, te dañará ahí donde más duele.

Nos conocen. Nos observan.

Pero lo más peligroso, es que al ser invisibles, jamás podremos derrotarlos.

Ciudad de Mayo, Yukón. Canadá.

– Estamos jodidos.

– Deja de decir tonterías.

– De verdad tío, estamos jodidos.

-Tenemos combustible de sobra. – Intenté transmitir la tranquilidad que no tenía.

– ¿Acaso sabes dónde estamos?

– Eso no me preocupa.

Silencio.

– Eso no te preocupa… pero a mi sí.

– Tranquilízate, ¿quieres?

– No puedo.

– Ryan, de verdad, estoy muy agradecido de que hayas accedido a acompañarme. Pero como no te calles…

– Hay alguien ahí delante.

El parabrisas del coche apartaba torpemente la nieve que caía. En el camino no había nadie.

– No veo nada.

Silencio.

– Te digo que ahí delante había alguien justo hace un momento.

Silencio.

Estaba anocheciendo y mientras la temperatura bajada, la carretera que nos acercaba al aparcamiento del complejo Wildlife para cazadores se llenaba más y más de nieve. Ryan a mi lado comenzaba a impacientarse y víctima de sus propios miedos, no ocultaba su intranquilidad. Las ráfagas de viento golpeaban el vehículo mientras me esforzaba en seguir los surcos que marcaban el camino. No dejaba de pensar en cómo íbamos a poder acercarnos hasta el lago el lugar debía estar oscuro, oscuro de verdad.

– Mierda Hadrien, mierda.

– Estamos llegando.

– ¿Si? ¿Estás seguro? Yo creo que en realidad no tienes ni la menor idea, de cuando vamos a llegar, y lo que me preocupa aun más, de si estamos en el camino correcto.

– Lo estamos Ryan, lo estamos.

En realidad, algo me decía que la aventura no había hecho más que empezar y que la noche iba a ser larga.

– Eso es un árbol caído.

– Eso parece.

– ¿Y ahora?

El coche empezó a temblar y el motor se apagó.

– ¿Se ha calado?

– Lo he parado.

Ryan me miró con la boca abierta, como intentado deducir el por qué de lo que había hecho.

– ¿Y bien? ¿No puedes arrancarlo?

– No

Entonces pensé que acabaría con la paciencia de Ryan, pero, por alguna razón este miró hacia delante, después a un lado, suspiro, y mientras volvía la mirada hacia mí dijo:

– ¿Y ahora?

– Ahora seguimos andando.

Ryan pareció dudar, pero después asintió con la cabeza.

Me resultaba difícil entender por qué ahora se mostraba tan confiado. Estábamos en mitad de alguna parte, a unas horas andando de cualquier lugar, hacía frío, estaba oscuro, solo sabía parte de la historia. Pero todo y eso, seguía conmigo.

Había ojos observando en la espesura, el sonido de la nieve al caer, se mezclaba con las ráfagas de frío viento invernal. Las luces del coche iluminaban el bulto en forma de tronco que obstaculizaba la pista. Debía de llevar días caído, quizá meses. En parte, aquello era bueno, ya que si nadie había pasado por allí, no tendríamos que encontrarnos con sorpresas no deseadas en nuestra búsqueda.

– Vamos a tener que andar un rato. Un rato…largo.

– Vaya novedad.

– ¿Estás seguro de esto Ryan? Puedes coger el coche, darte la vuelta, volver por donde hemos venido y olvidarte de todo esto. Esto es algo mío….quiero decir, es para mí o para mí, me conmigo.

– Cierra esa boquita avichuco. – La sonrisa en su cara me demostraba que seguía siendo el mismo de siempre. Que si estaba allí era porque quería, porque sabía que era valioso, porque sabía que en algún momento tendría que responder, en el momento justo.

Cogimos todo lo necesario, y comenzamos a andar. Uno detrás del otro, iluminando el camino con la linterna y la primera de las 6 baterías.

A veces, no es necesario haber vivido circunstancias clave para discernir lo que es correcto y lo que no. En ocasiones es la intuición la que nos hace alcanzar la posibilidad. Sobre todo cuando esa posibilidad se muestra tangible. Asomar la cabeza en terreno inhóspito es lo que diferencia al valiente. Pero alguien sabio me dijo también que el cementerio está lleno de estos, y cuando lo piensas te das cuenta de que aun siendo verdad, las grandes historias las han escrito las personas que en algún momento decidieron diferenciarse. Sin duda el tiempo corre, y las respuestas no llegan. Por lo menos no llegan solas. Nadie regala nada, todo se compra, de una forma u otra.

Sangre Azul

Sean bienvenidos al teatro de la fábula, al país de las metáforas, donde cuando algo finaliza vuelve a comenzar. El suspiro cíclico de las parábolas reinventadas que se encuentran en cada nueva forma de pensamiento. El tiempo se tercia inconsumible, repleto de jácaras que suenan a territorios lejanos, de personajes sin pares, únicos, puros e inefables que abrazan la luz de la quimera de los sueños. Bienvenidos pues a mi obra, una historia que como otra más, puede resultar tan discreta que sucumba en el olvido; y pidan que así sea; olviden antes de empezar, porque les prometo que cuando se concentren, se verán atrapados en la alegoría de mi fascinación, un lugar que esconde, entre otras cosas, una ración al dente de lo que seguramente pueda ser la perfecta representación del averno.

Comienza la cuenta atrás.

El cuerpo se languidece.

Ya no estás ahí.

Bienvenido.

Ante mi, un pasillo de mármol tallado en la mismísima roca, una puerta de roble macizo decorada con ribetes de oro y clavos de acero, una ventana en su definición de vidriera gótica, un jarrón lleno de grandes lanzas, un pétalo que me roza aterrizando suavemente sobre la losa, rayos de luz que se filtran desde algún lugar muy alto; tan alto, que por más que intento alcanzar no discierno a imaginar. Doy un paso y escucho el vacío. El sonido se diluye y se filtra en las grietas, desapareciendo y disminuyendo hasta perderse.

Estoy solo.

Me engaño y bailo la melodía de mis sentidos, la ligereza de los pies desnudos flotando sobre el frio suelo, de pronto soy libre, ni una lágrima más volará en la brisa. De la misma forma que esperas un amanecer lluvioso que despierta soleado, pero de pronto me doy cuenta de que no estoy a salvo.

La vidriera, revienta en mil pedazos de colores lapislázuli, azules. Frenadas en el aire, las miles de partículas, se estancan levitando mientras un cuervo se posa en el marco. Un graznido que resuena como un gigantesco estruendo y después, los cristales se precipitan hacia el suelo. Intento apartarme rápido pero las piernas responden con cansancio acumulado, como si hubiera perdido toda la fuerza por alguna extraña razón. La nube de brillantes y resplandecientes trozos de cristal se muestra hermosa, cada partícula gira sobre sí misma, generando destellos exquisitos. Se acerca hacia mí, y siento que me abarca abrazándome, cada vez más cerca. Y me golpea.

Abro los ojos. Puedo mirar por una rendija, por el tacto entiendo que tengo un yelmo sobre la cabeza, asombrado acaricio el gélido metal. Me incorporo y me noto pesado pero recio. A mi alrededor, las paredes empiezan a hundirse y deshacerse, la roca se convierte en agua, el sonido de pequeños cascabeles que giran cuesta abajo. No hay polvo, todo es hermoso, quizá esté embriagado por el ambiente, pero estoy tranquilo. Mientras lo que veo deja de tener sentido, nuevas formas se crean. La piedra es agua y la luz es sombra, el peso se alijera y en la lejanía puedo empezar a sentir el murmullo de la vida, puede que no esté tan solo. El cambiante entorno concluye su creación. Y ahora puedo ver donde estoy.

Flotando a cientos de metros sobre la tierra, flotando. Es una pequeña superficie, me veo obligado a limitar mis movimientos. Poderoso, noble, valeroso me dirijo a mi destino, a velocidad endiablada. Algo me dice que llego tarde, algo me dice que la batalla ha comenzado. Mi armadura de tonelete con sus launas articuladas, cubre todo mi cuerpo. Sabiendo que ahí se encuentra, busco en mi espalda la empuñadura de la espada envainada. Y la encuentro.

El cielo cambiante, comienza a oscurecerse. Ahora todo va más despacio. Echo un vistazo y cuando giro la cabeza observo anonadado el vuelo de una medusa. Animal marino que ahora se suspende en el aire, blanca aguaviva que con movimientos lentos pero continuos arrastra su manubrio. No está sola. De pronto como si aparecieran de la nada decenas de medusas planean en el aire, en silencio.

Sigo flotando sobre mi isla particular. El cielo se vuelve boreal y entre las grandes copas vislumbro pequeños seres que se suman al tedioso boyar. Un eco de gritos y débil crepitar resuena a lo lejos.

Cada vez más cerca del suelo, puedo ver que allí abajo masas uniformes se desplazan rápidamente. Son cangrejos. Enormes cangrejos de color bermejo con sus pinzas levantadas, corriendo con andar ladeado y velocidad rauda. Parece un batallón, y allá otro, y otro. Parece que van camino a la batalla. Ahora los veo más claro, seres de ojos saltones, y macabras fauces, chasquean al compas ritmos mortales. De pronto los sonidos se hacen mas estridentes, esbozan gestos violentos y comienzan a estructurarse.

No mucho más lejos, algo negro y oscuro se acerca.

Arañas. Miles de arañas. Con salvaje anarquismo e imprecisión están a punto de encontrarse de frente con el ejército de crustáceos. Es impresionante observar los monstruos desde arriba. Me tiembla el pulso ante la enormidad. El aciago sonido, la rudeza y abusiva estampa, que comparada conmigo se tercia inmensa.

Aterrizo.

En el fragor de la batalla. En el mismísimo lugar de encuentro, entre crustáceos y arácnidos. Es cuestión de segundos. Tres, dos, cada vez mas cerca, dos, no puedo huir, dos, alcanzo mi espada y la desenvaino, uno, uno, uno, ya están aquí.

Grito. Y el sonido de mi bramar se junta con los cuernos de guerra.

Aprieto los dientes enfundado en el disfraz de bravo guerrero.

Solo puedo luchar, pero… ¿Con quién o contra quien?

Ahora no puedo pensar. Solo actuar.

Ocho ojos. Un blanco. Cargo mi primera envestida, justo antes de que la cabeza de la carrera de arácnidos llegue hasta mi posición. ¡Ahora! Con un corte rápido y limpio, mutilo las patas delanteras del engendro. Pero es tal la velocidad que con la violencia de un huracán el estafermo me arrolla. Ruedo por la polvorienta y seca tierra, del color de la ceniza. Entre patas de insectos, entre patas de moluscos, la sangre comienza a derramarse. Explosiones de golpes y mordiscos. Nadie parece verme. La sangre azul. Gallardo azul viscoso y líquido que inunda lo que me rodea, bizarro y artístico. Transgresión al servicio de la muerte. Todo zumba y se ahoga.

Quiero desaparecer. Quiero volar. Y vuelo. Me elevo, lentamente. Hundido del tejido fluido. Me cuesta avanzar y vuelvo a caer. Pido por favor. Suplico sin cesar pero caigo, caigo otra vez. Me hundo en la contienda, aún más abajo, me fundo con la tierra, teñida de azul, el azul del mar, un mar de sufrimiento, lucho por escapar, pero no puedo, no ahora, no siento el cuerpo y sigo entrando, entrando en otra realidad, la realidad de mi ficción, porque estoy en un sueño, pero no puedo despertar, y me cuesta respirar, me cuesta, los ojos se me cierran, se cierran.

No hay aire, pataleo, mi cabeza va a estallar. Esto se alarga, muero pero vivo, me entrego pero me resisto y la presión es inaguantable. Sumergido, lejos de la superficie, de un azul oscuro pintado mí entorno. No necesito respirar.

Buceo o vuelo, pues en cada brazada floto y me sumerjo. Caballos con escamas y negros ojos brillantes, elefantes con branquias y aletas, un búho posado en el coral con sus falsas orejas de pluma ulula sonidos de ballenas, en este inmenso mar, océano de sangre azul.

Un violín se sumerge, hacia el vacio que se muestra ante mis pies, negro vacio que inevitablemente se acerca, y escucho la melodía mientras nos escondemos, la música y yo, yo y la música, donde nadie nos encontrará, más abajo incluso que el centro de la tierra.

No lucho, la melodía me embauca y acaricia, violín de sonidos hipnóticos, de sonidos relajantes, melodía suntuosa.

Y salgo del liquido por los pies hasta la cabeza, desnudo, boca abajo o boca arriba, todo gira y vuelvo a estar flotando en el aire, sobre el mar de sangre, los mutilados cuerpos flotan. Y un lagarto corre sin sumergirse, no sé de donde viene ni a donde va, pero patea el agua erguido. Y se aleja.

Vuelvo a impulsar mi cuerpo hacia las nubes, que me miran, pierdo el control y ellas me soplan, de este a oeste, de norte a sur, arriba y abajo soplan con sus tubas que tocan tormentas, tormentas, tormentas.

Un trueno, un rayo, dos rayos, cien rayos. Agua y viento, y las nubes que me cantaban se convierten en una; grande, oscura, densa, densa como el algodón de azúcar.

Tiemblo. Hace frío.

Silencio.

Me abrazo a mí mismo, en posición fetal y dejo de escuchar, me dejo y duermo en sueños.

Bienvenidos sean ustedes. Bienvenidos a mi noche, a mi mente, donde nada es lo que parece, donde los valientes luchan sin saber el fin de su batallar, donde cada vez que entras vuelves a entrar. Donde para salir te entregas, a merced de la intemperie, de un mundo que se recrea e inventa a si mismo. Donde la sangre es azul, azul como el cielo, azul como el mar, azul como el infierno, mi infierno.

Nota: El color rojo de la sangre se produce por la hemoglobina que es una molécula con hierro. Es el hierro el que le da el color rojo, como ocurre con las arcillas rojas. El hierro es el que transporta el oxígeno, por tanto parecería que si desaparece el hierro no sería posible el transporte de oxígeno; parecería pero no es cierto.

A veces se utiliza el cobre en vez del hierro para transportar el oxígeno. En ese caso la sangre resultante es azul. Así ocurre con muchos crustáceos, como por ejemplo el cangrejo de río.

Una vez pude leer que si las puertas de la percepción fueran derribadas, veríamos todo tal cual es: infinito. No es facil abstraerse y comprender que somos nosotros los que formamos tanto física como metafóricamente cada objeto, cada cosa o cada concepto. El sentido se lo dan nuestras vivencias y la experiencia, es una ardua tarea que comienza en el momento en el que nuestros ojos son capaces de identificar.

Sencillamente, todo lo que tenemos delante tiene sentido gracias a que antes o durante, de alguna  forma hemos comprendido su significado. La comprension en el contexto de cerciorarse del concepto, no en cambio de entenderlo. Entender es algo que solo a  veces somos capaces de hacer. Y esas veces, solo esas veces podemos evaluar algo hasta el extremo consciente de la asimilacion. Pero, ¿Y si esas capacidades perceptivas se ven limitadas por entes…obstaculos…muros que delimitan hasta donde podemos ver? Ahí entra en juego nuestra personalidad y capacidad para sobreponernos, nuestra ansia  anti conformista que nos lleva a una segunda ronda de evaluación, o lo que es lo mismo, el don de la curiosidad.

Como base, lo que llamaremos educación cívica o moralmente aceptable, pero como trasfondo una mas que identificable manipulación mental.

O lo que es lo mismo, una bombardeo subversivo de imposición de valores éticos y morales.

Pero, ¿por qué muros en la mente?

De acuerdo, vayamos al  grano.

Somos el resultado de lo que durante años han creado, manipulado  y provocado. Somos pequeños animales que pacientemente han aguantado el planteamiento de lo que podríamos llamar el gran plan, el plan maestro. Y como parte de un plan y evidentemente sin ser sus artífices, se nos ha ocultado los suficiente para desde la perspectiva que nos permiten nuestras anteojeras u orejeras, como mas guste, podemos ver, sentir,  intuir y en ultima instancia soñar.

Estoy seguro de que para ellos, los controladores, es facil, sencillo y supongo que hasta divertido.

Hacemos simplemente, lo que ellos quieren.


Relato

Después de escritos diez capítulos, he decidido crear una página dentro del blog, llamada Relato, allí podréis encontrar agrupados todos los capítulos del relato. En caso de querer comentar algo de algún capítulo en concreto, agradecería que lo hicierais no ahí si no en su correspondiente entrada en el blog. Gracias.

Espero poder seguir escribiendo pronto. En cuanto pase exámenes y esté un poco mas liberado en el trabajo.

En caso de querer contactar conmigo, podeis agregarme a cualquiera de las redes sociales disponibles en la columna de la derecha o podeis escribirme a gulliblezone@gmail.com .

En la sección de “estertores” podéis encontrar información sobre esta iniciativa y mi contribución a la tercera edición con el tema “Instinto”.

https://gulliblezone.wordpress.com/estertores/

Aquí os dejo un enlace directo a la seccíon “Relato” del blog.

https://gulliblezone.wordpress.com/relato/

ZORIONAK ETA URTE BERRI ON!

Estertores

Relato escrito para la tercera edición de estertores

Instinto

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