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Dicen los libros actuales, que la filosofía perenne es aquella que sugiere un conjunto universal de verdades y valores comunes a todos los pueblos y culturas. Sorprende el hecho que antes de convertirse en un término tan místico, fuera acuñado por el cristianismo el cual aseguraba que la filosofía escolástica era el pináculo de la religión cristiana y que el resto de filosofías asumían en su definición, de una forma u otra, una indivisible unión a esta. A esto se le llamó Philosophia Perennis.

Pero el concepto de existencia sugiere nuevas formas de desarrollo del consciente. Nos abrazamos al concepto del espacio tiempo haciendo que el infinito no sea más que un desliz que todo pensamiento ha experimentado alguna vez. Me refiero a cuando vuelas hacia el final del universo; separas tus pies del suelo mientras la altura aumenta, no hay vértigo, pues miras hacia arriba, lo de abajo no es interesante, después de varios kilómetros, te encuentras con la niebla azul celeste que es la frontera con la inmensidad del universo. Acabas de llegar a la órbita terrestre; pero vas mas allá, permíteme acompañarte; surquemos los complejos solares y salgamos de la galaxia, nuestra Vía Láctea. Ahora puedes ver que vivimos en un conjunto inmenso compuesto por millones de estrellas, pero que este conjunto, es parte de otro mucho mayor. Hemos alcanzado velocidades que nos ayudan a peinar el vacío volando hacia el mas allá donde de pronto y de forma inexplicable, te quedas sin argumentos. No hay más fotografías en tu memoria para visualizar a lo que te enfrentas, has llegado al final de tu capacidad de ensoñamiento. Ahora, tu mente, hará lo que quiera hacer, es más, lo que hay detrás del final es el libre albedrío de tus recuerdos y ensoñaciones, es la conclusión de tu misma esencia, es la especulación de lo que podría ser tu conceptualización de tu existencia.

Tal vez los más ágiles pensadores de la historia, en su vida dedicada al razonamiento, se han acercado en algún momento a la explicación real del entorno, pero nosotros meros aprendices jamás lo sabremos pues lo consideramos una pérdida de tiempo. Aterricemos pues a nuestro mundo real, lleno de fantasías. Inventemos conceptos de la divinidad como forma de explicación de lo inexplicable y después promulguemos, apliquemos e incluso impongamos como es costumbre nuestra filosofía, nuestra religión.

En mi cuaderno de bitácora lo he llamado, la verdad absoluta.

Vancouver

Fue Harry quien alivió mi nerviosismo en aquel añejo edificio de Vancouver. Se presentó en la estancia con aire templado, haciendo alarde de una voz tranquila y grave.

- Bien Hadrien, siéntate por favor, pues la historia que estás a punto de escuchar, no te dejará indiferente, y sería una indiscreción por mi parte que no te sientas cómodo durante mi exposición. – Miraba a aquel hombre como si supiera que lo que iba cederme en forma de historia, fuera parte de un gran concepto; un concepto que ignoraba, y de una vez, me ayudaría, tal vez, a concluir mis investigaciones que hasta aquel momento, no me habían llevado a ninguna parte. – ¿Estás preparado?

- Por favor…

- No eres como los demás, Hadrien, o más bien no eres como la mayoría.

- ¿A qué te refieres? – En el fondo sabía a qué se refería pues de otra manera no estaría allí.

- Somos parte de un proyecto.

- ¿Somos?

- De acuerdo. Escúchame, escúchame y pon mucha atención. Empecemos por el principio.

Y escuchas. Escuchas porque no tienes nada que perder. Escuchas porque alguien te ha enseñado a hacerlo. Porque es cuando no escuchas cuando la causa efecto de tus acciones se vuelve agresiva y contraproducente. Así que, escuchas.

Lo que te cuentan es como un mal sueño. Y aunque no quieras te muestras incrédulo. No es más que la defensa de la que hace alarde la razón de tu conciencia.

El principio. Por un momento, te das cuenta de que tu vida ha sido una gran mentira, de que cada cosa que pensabas que te pertenecía, no eran más que simples vivencias que de forma artificial alguien ha introducido en tu recuerdo. Si tu infancia es algo artificial, una historia no improvisada que has asumido como propia, entonces cuando por fin has sido dueño de tu destino, y si es que lo has sido, la libertad para pintar los trazos del gran mosaico de tu actual biografía no será más que un bosquejo. Sigues escuchando. Pero interfieres.

- ¿Insinúas que mi recuerdo es mera invención? ¿Que no he vivido ni uno solo de esos momentos? – Sientes como el pecho se contrae y las imágenes de tus recuerdos felices empiezan a arder en una hoguera de devastación. Con el ceño fruncido e intentando mostrarte fuerte, esperas que el próximo gesto de la persona que tienes delante no sea un asentimiento. El juez golpea con su Gavel. – ¡Joder!

Te enteras de que naciste en San Francisco. Que tu madre se llama Lois, pero eso ya lo sabías y que jamás conociste a tu padre. Pero caprichos de la vida, fueron las acciones de éste las que provocaron o más bien alentaron lo que te iba a suceder en tu infancia. El nombre de Sasha entra en juego en ese momento, tu progenitor, ruso de nacimiento, nacido en la ciudad de San Petersburgo.

Por un largo periodo de tiempo sigues escuchando. Sigues asimilando. De pronto sin casi darte cuenta, has perdido el hilo, Sophie aparece en tu cabeza y la idea de que no sea más que una invención hace la situación insostenible.

- Espera. – Te tiembla la voz. Agachas la cabeza sosteniéndola con las dos manos e intentas sobreponerte al estado de embriaguez al que has sido expuesto. Has caído en las garras de la desesperación, estas sobrepasando el límite de lo tolerable. – Espera por favor, necesito tiempo.

- Eso amigo mío, es lo único que no puedo concederte. Precisamente lo que nos falta es tiempo, aunque este tiempo por ahora no eres capaz de entenderlo. Es más bien que tu presente tiene fecha de caducidad, eso, si no hacemos algo antes. Y está en nuestra mano, Hadrien. Debes aprender a concebir que tu presente, aunque no sea más que un teatro, es el presente a preservar, en detrimento…en detrimento de lo que ahora mismo voy a explicarte.

- Todo esto es una mierda.

Harry soltó una carcajada. – Creo que ahora, sea una mierda o no, lo más importante es que aprendas que no eres el único Hadrien en este preciso instante. Y que deshacer lo que ellos han hecho es la dimensión de tu tarea.

- ¿Pero por qué tengo que ser yo quien se enfrente a todo esto? – Si aquel hombre, mi hermano, o quien quiera que fuese, sabía tanto, que necesidad había de que fuera yo quien se enfrentaría a… todavía no sabía a qué debía enfrentarme.

- Tú has creado esto Hadrien. Y solo tú puedes repararlo.

Capítulo 8: Ansia

Tienes un momento para coger aire, justo antes de cerrar los ojos. Pero no sirve de nada, resulta que tu cabeza ha empezado a jugar, resulta que por un momento abandonas el control de tu pensamiento, y la censura que aplicas por costumbre llega demasiado tarde para frenar lo inevitable.  Tus músculos se tensan en señal de autodefensa, y justo cuando abres los ojos, la nitidez se vuelve un concepto arcaico y lejano, como de otra época. Estás vendido, estas vencido, no hay nada que hacer. Pero, ¡Un momento! No puedes morir, no es tu momento, o sí, quizá mueras de la forma mas simple y ridícula, sentado en el sofá. Ves a tu familia llorando tu perdida mientras te esfuerzas en convencerte de que eso no sucederá. Ves a tu madre, ves a tu padre, ves pero no ves porque hay esta ella, tu niebla, porque es tuya, porque ahora mismo todo es tuyo, eres tacaño, egocéntrico y estas solo, pero es pasajero, es intensidad que jamás habías sentido que envuelve tu percepción. Ahora todo es ridículamente efímero y volátil, ahora nada tiene importancia, pero por un instante, valoras lo que has sido. Y te das cuenta de que has sido poco, de que no has completado el ciclo de tu existencia, de que has pasado por el mundo como el suspiro de un oso que hiberna en la caverna, de que no quieres que sea tu momento. Es una lágrima la que abandona el lagrimal para recorrer tu mejilla, pero está vez, llorar no es suficiente.
Acompañada del más infalible de los ejércitos, la reina ansiedad obedece las órdenes del Señor Terror que desde su trono en las antípodas ríe a carcajadas por la batalla que está a punto de vencer. Son los primeros envites, los que destruyen tus débiles defensas que por  la poca previsión dispuesta han acabado por fallar en su importante función. Y es eso, exactamente eso lo que provoca que te pongas en pie, intentado descubrirte en el reflejo de un espejo para asegurar tu existencia material. Buscas una acción natural, una abrir puerta, un mirar por la ventana, algo que haga volver la vista de tus elucubraciones, porque sabes o intuyes que si no miras la batalla, habrás ganado tiempo para huir por algún recóndito recoveco en tu mente, un camino hacia las antípodas de tu mente, donde el Señor Terror haya dejado su trono vacío, por lo de no poder ser visto por un simple mortal, aunque el hedor del lugar te recuerde, que unos segundos antes desde allí se estaba maquinando la aniquilación del control de tu propio intelecto.
Te has calmado. Y es ahora cuando rompes a llorar. Llora, llora tranquilo, la contienda aún no está perdida.
1917 Петроград – Petrograd (Actual San Petersburgo)
Ningún lugareño se atrevía a asegurarlo, pero era el invierno mas frío en muchos años.  A los pies de un muro de una gran fabrica textil, una hoguera servia de cobijo a tres jóvenes que deambulaban por las calles en aquellas oscuras noches. Tras abandonar el orfanato, Sasha, Kolya y Edik se las apañaban para buscar sustento de forma honrada y otras veces no tan honrada. La hostilidad de algunas de las gentes que poblaban la ciudad contrastaba con la  amabilidad de otros que aún teniendo poco se las arreglaban para ayudar a los tres chicos. Aquella noche, la señora Yulya había preparado un cuenco lleno de Stroganoff (tiras de carne de ternera con nata) y los tres chicos agazapados al lado de la hoguera comían con la mano disfrutando cada uno de los pedazos que podían llevarse a la boca.
- ¡Esto está de muerte! – dijo Sasha con la boca llena de carne. – ¡Bendita vieja!
- La verdad es que…- Pero de pronto, la voz de Kolya se vio interrumpida por un estruendo. Los tres chicos Se levantaron del suelo y se colocaron en la comisura del muro. La ligera luz que desprendía la hoguera no servia para hacer identificable el bulto que estaba en el suelo a unos metros más allá. Una luz azul fatua iluminaba lo que  de pronto y como si de un espasmo se tratase,  se levanto. Entonces pudieron identificar que se trataba de un hombre.
No alcanzaría el metro ochenta y tenia una apariencia cuanto menos extraña. Las vestimentas parecían sacadas de otro lugar. El traje parecía acolchado y tenia decorados sintéticos.  Los chicos se miraron asombrados. Jamás habían visto una vestimenta tan extraña. Un casco de color negro tapaba la cabeza del hombre que de pronto no podía mantener el equilibrio.
La voz de Edik rompió el silencio – Creo que deberíamos ayudarle, parece enfermo.
-Shhh, espera un instante – a Sasha todo aquello le parecía extraño, el sujeto no parecía petroburgues y no eran tiempos fáciles para fiarse de un extranjero. Aquella misma mañana Sasha había podido leer en una gaceta extraordinaria que la amenaza Soviet se cernía sobre la ciudad, la y que Nicolas II había sido destituido como Zar. Sasha era joven, pero lo suficientemente capaz para relacionar la instauración del nuevo régimen con aquella extraña aparición.
- ¡Señor! Nos entregamos Señor – fue la forma de intentar disminuir la sensación de amenaza.
El sonido de las llamas acompañaba al más absoluto silencio, de pronto el entorno pareció perecer en una espera que se hizo eterna. El hombre giro su cabeza en dirección a los chicos y se irguió en postura autoritaria. Levanto el brazo derecho torciéndolo ligeramente y con la mano izquierda, pulso algún atípico elemento que se sostenía en su muñeca. Lo que pasó después hizo que los tres chicos abrieran la boca sorprendidos. Un sonido mecánico y un soplido de gas fueron las premisas antes de que el casco de forma veloz pero delicada se replegara a la altura del cuello del sujeto.
Una sonrisa en la cara del foráneo tranquilizo la situación.
- Hola, chicos. Mi nombre es Hadrien.
2 de Julio, Seattle
En el año
Sabemos que para el hombre la tierra no es su hermana, sino su enemiga, y cuando la ha conquistado, continúa aún más lejos. Abandona la tumba de sus antepasados y no le preocupa. Roba la tierra a sus hijos, y no le importa. La tumba de sus ancestros y el patrimonio de sus hijos caen en el olvido. Trata a su madre, la tierra, a su hermano, y al cielo, como cosas que se compran, roban, venden, como ovejas o perlas brillantes. Hambriento, se tragará la tierra, y no dejará sino un desierto.
Fue un gran jefe amerindio el que profesó estas palabras que hoy por hoy son aplicables en todo su contexto.
Me sentía como un grano de arena en un gran desierto provocado por el todavía incandescente gas del ansia de poder. Vacío de significado, el tiempo se hacia perenne. Igual que mi existencia, condenado a permanecer.
Había perdido la identidad, pero este es un tema que merece una aclaración. En cada momento de nuestras vidas, en cada instante, tomamos decisiones, decisiones que provocan consecuencias, y estas consecuencias son únicas para cada decisión. No es algo bilateral, sino multilateral, cientos de miles de posible acciones por cada consecuencia. Llamémosle caminos de existencia o alcachofas como mas os guste, pero aunque antes me mostraba incrédulo ahora soy consciente de que aunque mi identidad tome una decisión, existen otras decisiones no exentas de su propia identidad. Y resulta que en mi presente, vuestro presente, las identidades y decisiones ya no van de la mano y esto ha provocado que algunos de esos caminos se mezclen. Pero no es mi culpa, sino la culpa del monstruo que han creado, si, han oído bien, ellos, los constructores de la paradoja, los constructores del principio del final. Porque el final necesita un arquitecto, o mejor dicho, varios, pero ese es otro tema que podréis entender, pero no ahora, sino mas adelante.
El caza había comenzado, y solo podía quedar uno. Tenia que esforzarme, superarme, tenía que ser el único. Yo.
Bienvenidos a mi mundo. ¿Pensabais que estaba solo? Estabais equivocados.

Tienes un momento para coger aire, justo antes de cerrar los ojos. Pero no sirve de nada, resulta que tu cabeza ha empezado a jugar, resulta que por un momento abandonas el control de tu pensamiento, y la censura que aplicas por costumbre llega demasiado tarde para frenar lo inevitable.  Tus músculos se tensan en señal de autodefensa, y justo cuando abres los ojos, la nitidez se vuelve un concepto arcaico y lejano, como de otra época. Estás vendido, estas vencido, no hay nada que hacer. Pero, ¡Un momento! No puedes morir, no es tu momento, o sí, quizá mueras de la forma mas simple y ridícula, sentado en el sofá. Ves a tu familia llorando tu perdida mientras te esfuerzas en convencerte de que eso no sucederá. Ves a tu madre, ves a tu padre, ves pero no ves porque hay esta ella, tu niebla, porque es tuya, porque ahora mismo todo es tuyo, eres tacaño, egocéntrico y estás solo, pero es pasajero, es intensidad que jamás habías sentido que envuelve tu percepción. Ahora todo es ridículamente efímero y volátil, ahora nada tiene importancia, pero por un instante, valoras lo que has sido. Y te das cuenta de que has sido poco, de que no has completado el ciclo de tu existencia, de que has pasado por el mundo como el suspiro de un oso que hiberna en la caverna, de que no quieres que sea tu momento. Es una lágrima la que abandona el lagrimal para recorrer tu mejilla, pero esta vez, llorar no es suficiente.

Acompañada del más infalible de los ejércitos, la Reina Ansiedad obedece las órdenes del Señor Terror que desde su trono en las antípodas ríe a carcajadas por la batalla que está a punto de vencer. Son los primeros envites, los que destruyen tus débiles defensas que por  la poca previsión dispuesta han acabado por fallar en su importante función. Y es eso, exactamente eso lo que provoca que te pongas en pie, intentado descubrirte en el reflejo de un espejo para asegurar tu existencia material. Buscas una acción natural, un abrir puerta, un mirar por la ventana, algo que haga volver la vista de tus elucubraciones, porque sabes o intuyes que si no miras la batalla, habrás ganado tiempo para huir por algún recóndito recoveco en tu mente, un camino hacia las antípodas de tu mente, donde el Señor Terror haya dejado su trono vacío, por lo de no poder ser visto por un simple mortal, aunque el hedor del lugar te recuerde, que unos segundos antes desde allí se estaba maquinando la aniquilación del control de tu propio intelecto.

Te has calmado. Y es ahora cuando rompes a llorar. Llora, llora tranquilo, la contienda aun no está perdida.

1917 Петроград – Petrograd (Actual San Petersburgo)

Ningún lugareño se atrevía a asegurarlo, pero era el invierno mas frío en muchos años.  A los pies de un muro de una grán fabrica textil, una hoguera servia de cobijo a tres jóvenes que deambulaban por las calles en aquellas oscuras noches. Tras abandonar el orfanato, Sasha, Kolya y Edik se las apañaban para buscar sustento de forma honrada y otras veces no tan honrada. La hostilidad de algunas de las gentes que poblaban la ciudad contrastaba con la  amabilidad de otros que aún teniendo poco se las arreglaban para ayudar a los tres chicos. Aquella noche, la señora Yulya había preparado un cuenco lleno de Stroganoff (tiras de carne de ternera con nata) y los tres chicos agazapados al lado de la hoguera comían con la mano disfrutando cada uno de los pedazos que podían llevarse a la boca.

- ¡Esto está de muerte! – dijo Sasha con la boca llena de carne. – ¡Bendita vieja!

- La verdad es que…- Pero de pronto, la voz de Kolya se vio interrumpida por un estruendo. Los tres chicos Se levantaron del suelo y se colocaron en la comisura del muro. La ligera luz que desprendía la hoguera no servia para hacer identificable el bulto que estaba en el suelo a unos metros más allá. Una luz azul fatua iluminaba lo que  de pronto y como si de un espasmo se tratase,  se levanto. Entonces pudieron identificar que se trataba de un hombre.

No alcanzaría el metro ochenta y tenia una apariencia cuanto menos extraña. Las vestimentas parecían sacadas de otro lugar. El traje parecía acolchado y tenia decorados sintéticos.  Los chicos se miraron asombrados. Jamás habían visto una vestimenta tan extraña. Un casco de color negro tapaba la cabeza del hombre que de pronto no podía mantener el equilibrio.

La voz de Edik rompió el silencio – Creo que deberíamos ayudarle, parece enfermo.

-Shhh, espera un instante – a Sasha todo aquello le parecía extraño, el sujeto no parecía petroburgues y no eran tiempos fáciles para fiarse de un extranjero. Aquella misma mañana Sasha había podido leer en una gaceta extraordinaria que la amenaza Soviet se cernía sobre la ciudad, además de que a estas alturas Nicolas II había sido destituido como Zar. Sasha era joven, pero lo suficientemente capaz para relacionar la instauración del nuevo régimen con aquella extraña aparición.

- ¡Señor! Nos entregamos Señor – fue la forma de intentar disminuir la sensación de amenaza.

El sonido de las llamas acompañaba al más absoluto silencio, de pronto el entorno pareció perecer en una espera que se hizo eterna. El hombre giro su cabeza en dirección a los chicos y se irguió en postura autoritaria. Levanto el brazo derecho torciéndolo ligeramente y con la mano izquierda, pulso algún atípico elemento que se sostenía en su muñeca. Lo que pasó después hizo que los tres chicos abrieran la boca sorprendidos. Un sonido mecánico y un soplido de gas fueron las premisas antes de que el casco de forma veloz pero delicada se replegara a la altura del cuello del sujeto.

Una sonrisa en la cara del foráneo tranquilizo la situación.

- Hola, chicos. Mi nombre es Hadrien.

2 de Julio, Seattle

Sabemos que para el hombre la tierra no es su hermana, sino su enemiga, y cuando la ha conquistado, continúa aún más lejos. Abandona la tumba de sus antepasados y no le preocupa. Roba la tierra a sus hijos, y no le importa. La tumba de sus ancestros y el patrimonio de sus hijos caen en el olvido. Trata a su madre, la tierra, a su hermano, y al cielo, como cosas que se compran, roban, venden, como ovejas o perlas brillantes. Hambriento, se tragará la tierra, y no dejará sino un desierto.

Fue un gran jefe amerindio el que profesó estas palabras que hoy por hoy son aplicables en todo su contexto.

Me sentía como un grano de arena en un gran desierto provocado por el todavía incandescente gas del ansia de poder. Vacío de significado, el tiempo se hacia perenne. Igual que mi existencia, condenado a permanecer.

Había perdido la identidad, pero este es un tema que merece una aclaración. En cada momento de nuestras vidas, en cada instante, tomamos decisiones, decisiones que provocan consecuencias, y estas consecuencias son únicas para cada decisión. No es algo bilateral, sino multilateral, cientos de miles de posible acciones por cada consecuencia. Llamémosle caminos de existencia o alcachofas como mas os guste, pero aunque antes me mostraba incrédulo ahora soy consciente de que aunque mi identidad tome una decisión, existen otras decisiones no exentas de su propia identidad. Y resulta que en mi presente, vuestro presente, las identidades y decisiones ya no van de la mano y esto ha provocado que algunos de esos caminos se mezclen. Pero no es mi culpa, sino la culpa del monstruo que han creado, si, han oído bien, ellos, los constructores de la paradoja, los constructores del principio del final. Porque el final, necesita un arquitecto, o mejor dicho, varios, pero ese es otro tema que podréis entender, pero no ahora, sino mas adelante.

El caza había comenzado, y solo podía quedar uno. Tenia que esforzarme, superarme, tenía que ser el único. Yo.

Bienvenidos a mi mundo. ¿Pensabais que estaba solo? Estabais equivocados.

No me sueltes.

Recuerdo que me abrazabas. Recuerdo que entrelazabas tus brazos en mi espalda y sentía el contacto de tu pecho contra el mío. Acurrucando el mentón en tu cuello, notaba el calor que desprendía tu cuerpo. Tu piel en mis labios, prohibida esencia que quizá algún día pude haber amado. Solo quería permanecer. Permanecer en estado inmóvil, mientras tus manos acariciaban mi dorso de ellas separado por el suave algodón. Podía alimentarme de tu ser y entregarme a tu gracia. Asumiendo casi de forma tácita la necesidad de transportarme a la fantasía intacta de tu jaranero pensamiento. Abrupto y espeso sentir que me abarcaba y sumía en el néctar de tus sentidos. El sonido del roce de mi cuerpo acomodándose, tu respiración en mi oído, la fuerza compungida que capturaba todas y cada una de nuestras ansias.

Volver a ver esos ojos, que buscaban cobijo en mis abstracciones, volver a calmar tu queja que jamás hubiera podido enjaretar. Volver a verte, esperando en cualquier lugar y sorprenderte con una sincera sonrisa que demostraba la falta que me hacías. Atardecer sentados. Sostener tu mejilla en mi hombro, mientras cerrabas los ojos y viajabas donde la fantasía de volar se hubiera consumad o.

Ahora te echo de menos. Y no es algo fugaz que siento intermitentemente. Hace tiempo que no sonrío.

Quizá Sophie leyera aquello en algún momento de su vida o tal vez mis palabras se perderían en el tiempo como lágrimas en la lluvia, pero plasmar en aquellas hojas en blanco, cada uno de mis inquietudes, me ayudaba a no perder la cabeza.

1 de Junio, en algún lugar del Seattle

Los ojos cerrados. El sonido del viento que peinaba el polvoriento terreno. Mis párpados  nerviosos cómplices de la ansiedad que se adueñaba de mi persona. Hice un esfuerzo por sentirme seguro de mi mismo, ya que no estaba dispuesto a ceder el control de la situación al incisivo cañón de 45 milímetros que se clavaba en mi nuca.

Silencio.

Respiración.

El flaco pulso del asaltante temblaba y aquello me hacía pensar que la situación era cuanto menos imprevisible. De rodillas en el suelo con las manos sobre mi cabeza, no hacía nada mas que evaluar la situación. Repasé las razones que se habían cumplido para encontrarme en tan delicada circunstancia.

Había cometido el error de dejarla marchar. Un grave error. Tras salir del angosto escondrijo, supuse que tenía el camino libre para marcar mi nueva balista de creación. Pero como suposición que era, mi previsión falló.

Faltarían unos cinco kilómetros para llegar al lugar señalado en el mapa, cuando me quedé sin gasolina. Hasta ahí, solo el echo de tener que seguir andando.

Me encontraba en una colina de anchura considerable. El punto mas elevado del  lugar. El punto perfecto para ser visto. Y de pronto, alguien silbó tras de mí.

- Ciertamente me has decepcionado Hadrien. Te creía mas audaz. – Mire al frente con la mirada perdida y fruncí el ceño mientras levantaba las manos en señal de rendición. – Te has esmerado en ocultar las huellas que dejabas a tu paso. De verdad que te has esforzado. Pero…parece que tus capacidades psíquicas, ponen en evidencia un grado de infantilismo digno de un niño de ocho años. – Me giré lentamente mirando al suelo. Alcé la mirada. Había visto antes aquel rostro. Esa voz familiar. Esa falsa cortesía que se mezclaba con signos de autoritarismo mandatario.

Antes de poder reaccionar. Dos hombres apretaban mis brazos justo encima de mis codos. Provocándome dolor. Haciéndome asumir la captura. Mi captura. Y es que ahora, era una presa a abatir que solo era capaz de huir de las repercusiones de sus decisiones no consensuadas. Mi propio juez. Y mi propio enemigo, un subconsciente que se esmeraba en jugarme malas pasadas, un subconsciente que hacia constatar que el peor enemigo era yo mismo.

Pude escuchar el golpe seco de un objeto, justo cuando mi cabeza estalló en un fluir sanguíneo que buscaba salida por cada uno de sus poros.

Tus dedos cosquillean, y se mueven. Tu boca recoge una bocanada de aire y te cuesta, te cuesta despertar de tu perdida de conocimiento.

Tenía la boca seca y mi sien infligía graduales toques de atención al ritmo de los  acelerados latidos de mi corazón

Seguía vivo.

- Bienvenido otra vez. – De nuevo esa falsa cortesía burlesca. – Te he preparado un juego Hadrien. Un juego al que jugaremos los dos. Tu y yo. Nadie mas.

Y allí estaba yo, enfrentándome a mi mismo.

En efecto. Parte de aquel sujeto era mi propia esencia. Mi misma mirada. Mi misma constitución Pero conceptos de la realidad dispares y ahora, antagonistas.

- Te presté ayuda en el bosque. – Mi cabeza convulsionó y cerré la boca justo antes de vomitar. – Lamento tu falta de ambición. Amigo.

Joder, la mente de mi propia recreación ridiculizaba mis esfuerzos. Con solo proponerse bloquearme. Lo conseguía.

Ni un ápice de mi poder. Psiquis sin funcionalidad extraordinaria. Humano, nada mas que eso. Humano. Y ya no estaba acostumbrado.

Volvamos a cuando tenía la dispensadora de plomo en la nuca.

- Dispara. Dispara joder y acaba con esto. – Silencio. Nadie respondía a mis palabras.

Entonces ocurrió algo que cambiaría mi propia percepción, con los ojos cerrados, estaba viendo, al principio pensé que era una imagen estancada en mis recuerdos, la cual se negaba a marchar habiendo perdido la forma que la hubiera hecho descifrable. Una idea rondó mi cabeza y levante uno de los dedos que tenia apoyado en la cabeza. Los brazos empezaban a dolerme. Y un destelló se movió también en la imagen que tenía en mente. Volví a hacer los mismo. El dolor de los brazos empezaba a ser insoportable. Y la imagen volvió a responder y no solo eso, empezó a tomar forma. Me dolía el cuello, los músculos de los brazos, y el cuerpo empezó a torcerse de forma leve intentando soportar los pinchazos que cada vez se hacían más continuos. Vi mi cabeza desde atrás, un hombre vestido de traje sosteniendo una pistola y apuntando a mi cabeza. Mi imagen, débil, quebradiza. No podía aguantar mas, el dolor se hizo del todo insoportable y entonces. Noté que el pistolero,  el mercenario, el hombre de traje. Se desplomaba.

8 de Mayo, 1994

- ¡ Felices 10 años Hadrien ! Pide un deseo y sopla las velas. - Allí estaba toda mi familia, mi madre. Arreglada, con su lacio cabello, culpable de sus horas de espejo en las que se esmeraba por verse perfecta. Sus manos suaves, sus abrazos, sus miradas, su canto. No podría olvidar jamás las noches de verano, que leíamos juntos, los cuentos sobre melocotones gigantes, vendedoras de cerillas, espadas encantadas, países de ensueño en los que cualquier situación era digna de ser contada, de ser narrada, de ser leída Me acuerdo cuando las frases que salían de su boca buscaban hacerme feliz, hacerme imaginar, y vislumbrar que siempre tendría el refugio particular de mi fantasía. Donde cada mente era capaz de crear su propia representación de lo fantástico Me acuerdo que un día dejo de suceder, que un día leía solo y mi madre abría la puerta de mi cuarto, para apagar la luz y decirme que había llegado la hora de dormir.

Y mi abuela que me llamaba en voz baja y agachaba la cabeza mientras me pedía que fuera con su dedo, que me hacía acercarme a ella de modo sigiloso, y metía un billete en mi mano mientras cerraba mi puño con la otra y me decía que no le dijera nada a mi madre. Me acuerdo cuando me abrazaba y besaba en la frente, con sus manos arrugadas. Octogenaria mujer que había luchado por su familia, que había luchado durante toda su vida y que veía la recompensa de su esfuerzo pudiendo querer a sus nietos. La cúspide de su vida, desde su sillón, sabiendo que todos la cuidábamos, sabiéndose protegida.

Mi padre, que observaba en la lejanía cualquier situación, que se acercaba cuando sabía que era su momento, que media cada instante con cronológica exactitud. Su orden impoluto. Su compromiso sincero, su capacidad innata para saberse necesario y a la vez parte de un todo que era nuestra familia.

Mis colegas, conocidos.

Y ella, sus perfectas trenzas que existían gracias a lazos de color púrpura. Su tímida mirada, cómplice de nuestros secretos, solo nuestros.

- ¿Te imaginas volar Hadrien? ¿Tu sabes volar?

- No Sophie.

- Yo sí.

- ¿De verdad?

- Si, pero prométeme que no se lo dirás a nadie. – Junto la punta de sus dos dedos índice, esperando que sellara nuestro nuevo secreto rompiendo su unión Y lo hice, una vez mas. Rompí su gesto con mi dedo índice haciendo un dibujo en el aire, en dirección al firmamento.

- Te lo prometo Sophie.

Versión en PDF

Puedes descargar desde Relato en MEGAUPLOAD (versión 0.1) la versión en pdf de los 6 capítulos escritos hasta ahora.

Y ya de paso, si no te cuesta mucho…

Gracias

Cierras la puerta tras de ti, enciendes la luz de la cocina mientras buscas fervientemente el pomo de la nevera, quizá encuentres una sorpresa que por combustión se haya creado dentro de ella. Pero allí siguen los mismos alimentos que has dejado por la mañana. Buscas algo que sacie tu hambre y que requiera poca elaboración, mientras te das cuenta de que también tienes que ir al baño. Dos lochas de salami que devoras camino al trono. Nunca has necesitado tanto ir al baño. Te sientas y sigues pensando en la comida. Bonita combinación. Ya has tirado de la cadena y otros menesteres y llegas de nuevo a la cocina donde sin darte cuenta la puerta de la nevera sigue abierta. Dos huevos, tocino y un trago de la botella de Coca-Cola que ha perdido todo el gas. En el cajón del pan no encuentras más que el pan que ayer te sobro y que hoy presenta un aspecto mucho más redondeado y un sutil tacto gomoso en tu boca. La sartén sucia desde anoche no presenta mejor aspecto que la hogaza y se muestra contraria a soltar bajo el grifo los restos de la fritura nocturna. Frota, frota fuerte pero cuidado con el teflón, puede rayarse con el estropajo. Frota otra vez por el lado de la esponja y sigue pensando en la necesidad de introducir “algo” al hambriento y al parecer insaciable estómago.  Sacudes en el aire la sartén esperando que las gotas de agua desaparezcan, no hay tiempo para trapos que sirven para secar. De mientras la vitrocerámica presenta una ascensión de un color rojizo que se hace candente. Pones la sartén y escuchas las pequeñas explosiones de las gotas mal secadas. Vapor de agua que desaparece unos segundos antes de que el aceite esté caliente. Ese aceite que has derrochado; porque tienes hambre y porque estas solo y nadie te ve. Rompes uno de los huevos contra el borde de la encimera y como estas excitado casi lo lanzas contra la sartén que salpica quemaduras voladoras. No importa. El sus-tractor de aire ensordece cualquier atisbo de tranquilidad. Cierra la puerta de la cocina o tu hogar olerá a tu obra maestra. Impaciente salpicas el huevo para que se fría por encima, demasiado calor, no sale bien, o sí, está perfecto, tienes hambre. La espumadera saca el huevo que se rompe, si cabe aún mas, antes de llegar al plato blanco que manchas con tu aceitoso huevo frito. Otro huevo más que sigue el mismo desenlace que el anterior. Y como no, las lonchas de tocino, agradecidas lonchas que con solo moverlas de un lado a otro de la sartén son capaces de tostarse, huelen tan bien, es todo tan maravilloso, y lo más importante, es para ti. Ya tienes todo en el plato, un chorro de kétchup que por no agitar antes de usar suelta un líquido desagradable justo antes de dar paso a la densa masa de tomate azucarado. ¿Mostaza? por qué no. Ahí está tu plato; tocino, huevos fritos, o mejor llamémosle revuelto de huevos, y tu salsa improvisada tu salsa precipitada. Ahora sí, abre la puerta de la cocina, busca con tus dedos el interruptor del comedor, mientras te acuerdas de que no te las has limpiado. Y no lo sueles hacer, o eso dice el contorno de tu estimado botón que o no encuentras o no te tiene respeto, pues tienes hambre, mucha hambre. El sofá. Pero falta algo. Ya te has sentado pero…ves el mando encima del televisor. ¡Maldita sea! No puedes contenerte a comer un trozo de tu manjar improvisado, con su salsa improvisada, en circunstancias improvisadas, pero que repites cada noche. Depositas el plato encima de la mesa y te acercas masticando parte de tu sabrosa cena al dispositivo de infrarrojos. Ahora sí lo tienes todo. Tu plato, tu mando, tu culo cómodamente apoyado. Y pruebas ese huevo, o lo que queda de el…y te das cuenta. Se te ha olvidado la sal. Pero piensas. Bueno no importa. Más sano. Y devoras sin piedad el contenido de tu plato, que ahora te estorba. Te estiras y lo depositas encima de la mesa, notas por tu estomago que has cenado demasiado rápido. ¿Quieres postre? Luego, que ahora tienes que estar cómodo, ni siquiera te has parado a mirar el televisor. La imagen te traslada directamente a tu rutina diaria.

¡Despierta! Alguien te alerta. Estas aletargado. Mucho. Te has quedado dormido. Casi no puedes moverte. No hay emisión. Te preguntas que hora es. Un momento. Huele a gas.

Demasiado tarde.

Alguien te susurra al oído – Despierta… – la voz suena amable, sosegada, esperanzada. Ahí estas en el hospital. Ella te mira y sonríe. – ¡Has vuelto! Gracias a dios.

Dios no tiene nada que ver con esto. Es hora de descansar, ahora sí. Duerme. Te lo mereces. Una cosa más, la mezcla de kétchup con mostaza, deliciosa.

8 de Mayo

Vi un oráculo, un gran mástil que sostenía una calavera, un hermoso tótem, un coro de niños cantando, un gato negro cruzando la camino, un barco de vela que se alejaba buscando el horizonte, mi madre besándome la frente, mi primer beso, mi primera vez, mi primer desamor. Todo eso y entre cada una de esas cosas  miles de cosas más. Todo se creaba en mi mente, algunos eran recuerdos, otros conceptos, simples invenciones, pero todo era tan…perfecto.

Abre los ojos.

No podía abrirlos. Todo debía ser perfecto. Inmaculado. La representación de mi mundo personal, hecho para mí, a mi medida. Era suficiente.

Abrí los ojos.

Ante mí se alzaban decenas de árboles, árboles milenarios. Un solar en medio de un bosque. Esa no era la representación de mi mundo. Cerré los ojos volviendo a esforzarme en crear lo que de verdad sería mi concepto de mundo perfecto. No conseguía formar nada, no conseguía moldear mis pensamientos. Ni siquiera sabía lo que quería. Demasiado cansado, aturdido por el esfuerzo anterior. Había perdido el control. Craso error.

Cuando el caos se apodera de la herramienta del hacedor, las consecuencias son desastrosas. Pero eso tampoco lo sabía. Cuando eres incapaz de razonar en el momento en el que tienes que esforzarte en solucionar tus problemas, las consecuencias son nefastas. Pero eso, eso tampoco lo sabía.

El bosque, ante mí era el comienzo de mi nuevo mundo.

Comencé a andar. La mullida vegetación se extendía bajo mis pies descalzos. En mi mano una rosa, en la otra una pistola, una espada, una balde, un rosario, una navaja, nada. Demasiado inestable. Caí en la cuenta de que si no tenía claras las cosas no había nada que hacer. Con cada esfuerzo me notaba cada vez más cansado. Noté una fría lágrima cayendo por mi mejilla, froté con mi mano. Negra. Oscura y fría. De pronto hacía frío, de pronto estaba desfallecido, de pronto, cuando la hierba acaricio mis piernas me cercioré de que me encontraba desnudo. Otra vez. Nocturno, desnudo, exhausto y llorando; llorando lágrimas negras. Alguien me dijo una vez “Rosas rojas contra lágrimas negras”. Pero la flor, se había marchitado en mi mano. Estaba mareado. Apoyé una de mis rodillas en el suelo y amortigüé mi costado contra el cómodo colchón natural. La naturaleza activó todas mis sensibilidades pero no importaba, solo quería descansar. Me encargaría de arreglar las cosas al día siguiente. Sí, eso, al día siguiente.

- Abre los ojos. – Seguía siendo de noche. Y aquella voz de contexto familiar y sonoridad desconocida volvió a repetir lo mismo.- Abre los ojos. Jaja, eres maravilloso. -  Estaba demasiado cansado. No podía hacerlo, justo en frente de mí, una figura borrosa me miraba Mientras enfocaba la visión, aquel sujeto se movía intranquilo, inquieto, invitándome a hacerle caso. – Vamos, vamos, vamos, no tenemos todo el día. O mejor dicho, noche, jajaja, si eso, noche. – Se mostraba como un niño, pero su voz…su voz era la de un adulto.

Conseguí ver.

3 de Agosto, 11:15 a.m

Bajé del tren, no sin antes ayudar a bajar el carrito del bebe a una joven madre. Su tez, era de color candente y enérgica. Con un brazo sostenía al bebe, mientras con la otra dirigía el carro del que yo aguantaba el peso hasta que el  suelo me tomo el relevo. Mientras se colocaba el pelo detrás de la oreja, me miró y sonrió cortésmente. Me quedé mirando como acomodaba a la criatura y reanudara la marcha hacia las maquinas validadoras. El tren se había quedado vacío.

Otra vez en el bosque.

Mi rostro se había petrificado al verme. Era yo. Delante de mí, mi otro yo. Mi yo.  – ¡Pero qué! – Mi voz nerviosa, hizo que sonriera, quiero decir, que él, yo, mi yo sonriera. Una carcajada, resonó en mi cabeza, el eco se volvió insoportable. Y otra vez partículas. Y otra vez colores. Y otra vez, solo. No, solo no, allí estaba el, observando como de forma inútil intentaba crear un nuevo remolino de creación y su destrucción.

Su rostro  serio y decidido no era más que la evidencia de que a partir de aquel instante todo estaba condenado a cambiar.

Imaginen por un instante que tienen la capacidad de crear o destruir cualquier cosa. Pero víctimas de su precariedad creacional, cometen el error de dejar fluir a su subconsciente. Ahora imagínense habiendo hecho una mala praxis de sus capacidades innatas, lo sé, es difícil imaginárselo. Pero hagan un esfuerzo, por favor. Imaginen la propia recreación de ustedes mismos. Su recreación. Ahora sí, bienvenidos señoras y señores al circo de replicas. Y es que si tu poder es crear o destruir. Tu legado en los iguales a ti es exactamente ese. ¿Sorprendente verdad? ¿Temerosos? Espero que no, pues el primer recurso para la supervivencia es, la lucha, su lucha, ¿contra ustedes mismos? La lucha por tus principios invariables.

En la estación.

Ajetreo, estrés, gente que  llega tarde, gente que no llega, gente. Hilos de vida paralelos, perpendiculares, subyacentes, de cualquier forma pertenecen a tu propio hilo, de mayor o menor manera, en cuanto a los seis grados de separación tu vida y la mía solo difieren como máximo en seis grados.

Al puro estilo de la Columbia Británica la estación de trenes Pacific Central hacia honores a su estilo neoclásico y renacentista, construida en 1919 se encontraba en el 1150 de Station Street. Y muy cerca de allí estaría mi cita; Harry O’Kean.

Días atrás había recibido una extraña carta con matasellos del Chad (África).  Contenía una tarjeta en la cual la frase en latín, A fronte praecipitium a tergo lupi servía de encabezado de una ilustración en la que un hombre aparecía al borde de un precipicio mientras dos lobos abrían sus fauces, ladrando justo detrás de él.

Algo parecido al ocre embadurnaba el papel. Lo giré y me di cuenta de que al reverso había una citación.

“Debemos vernos, es de vital importancia, usted no sabe quién soy, pero yo le conozco perfectamente. Podemos encontrarnos en la Calle Thornton. Reconocerá una empresa de camiones, todos ellos azules, estaré en las oficinas abandonadas que se encuentran cerca de las vías del tren. Es importante que no haga saber a nadie absolutamente ningún dato de lo que lea en esta carta. Su madre, Racha le oculto un secreto, que ha llegado la hora de transmitirle. El 3 de Agosto. A las 12:00 a.m”.

“Se despide, Harry O´Kean.”

Pabellones industriales, suciedad acumulada, suciedad abandonada, paredes coloreadas por pintores subversivos, contenedores, camiones azules, más camiones azules, edificio abandonado. La puerta estaba abierta.

-          Hola Hadrien.

-          Hola Harry.

-          Siéntate. – Con su mano me indicó una silla maltrecha. – Hablemos

Así conocí a mi hermano. Harry.

No intente ajustar la imagen, no le pasa nada a su televisor, a partir de ahora somos nosotros los que controlamos la emisión – La voz del televisor amenizaba la noche, eran las dos o las tres, no me acuerdo, no me importa, ni a ti tampoco. Crees que tengo la necesidad de llegar a ti por alguna complicada razón que se encierra entre las paredes de mi quijotera pero en realidad no me importas lo mas mínimo, no, no me importas. Mírate, llevas horas, días, demasiado tiempo intentando descifrar las claves que te han hecho llegar hasta lo que te has convertido sin darte cuenta de que no eres mas que un trozo de nada sumido en tu misma ausencia. Espabila, levanta esa cabeza y deja de rejirte por las mismas directrices que te han traído hasta aquí. Salta a la siguiente fase, salta joder. Mírate otra vez, ¡Mírate! Y ahora presta atención. Es ahora o nunca, es tu propia duda, el miedo a ti mismo, es la inercia de la rutina que has acelerado con el paso de los años, y me está salpicando. Si no me quieres dejar salir, no lo hagas, pero aquí no caben dos, cabe uno, solo uno. Uno, yo mismo, porque está claro que eres nadie. A qué viene esa mirada de cordero a punto de ser degollado, a que vienen esas lágrimas, ni siquiera me has dado tiempo a empezar y ya te has rendido. Joder, eres débil, demasiado débil. ¿Lo ves? ¿Lo entiendes ahora? No eres mas que eso, nada.

- ¿En que piensas? – El cabello de Rachel acarició mi torso mientras su rostro buscaba el contacto directo con mis ojos. Su mano rozó mi estómago en tanto su cuerpo buscaba deshacerse de la comodidad que hasta ahora le había brindado mi regazo. Una noche mas. Los restos de la cena encima de la mesa me hicieron volver al lugar donde estaba desde algún otro sitio que cada vez visitaba con mas asiduidad.

- En nada – Mi tono sonaba poco convincente. Era evidente que pensaba en algo, algo que me preocupaba, pero ella se mostró comprensiva, como si estaría atareada con sus propios aspectos como para reparar en los mios. Eso me separaba de ella. Eso me hacia sentir solo. Eso hizo que aquella misma noche fuera la última a su lado.

8 de Febrero

Tenía la sensación de que alguien me vigilaba desde hacía unos días atrás. Los objetos cambiaban de lugar. La soledad había desaparecido. Cierto temor atenazaba mis sueños y el refugio de mis pesadillas, el templo de mi esperanza,  habían dado paso al suspense.

Agité el vaso ancho con la cucharilla y el dedo de Chivas Regal de 12 años se mezcló con la fría agua en un remolino de una azafranada estampa . La Caja de Música del bar electrificó el lugar  con Bad at the Bones y me acomodé en el cojinete del taburete que tenía vistas a la puerta. Mi pierna seguía el ritmo de cada eléctrico acorde. Fue entonces, cuando sucedió, otra vez. La puerta se abrió de un estrepitoso palmetazo y tres sujetos entraron al bar. Tras de sí dos mujeres que mantenían una conversación al parecer animosa. Y por encima de sus voces, por primera vez en mucho tiempo, alguien se dirigía a mí. Mirándome mientras secaba un vaso, el camarero parecía seguir una frase, que al parecer momentos antes, habría intercambiado conmigo. – Tienes razón, seguramente esos malditos funcionarios estarán jugando al poker en la timba del alcalde. Que les jodan. No hay mas que ver lo poco que se preocupan por este barrio. – Con mirada ausente mientras agitaba el paño por el lado concabo del vaso, de pronto caí en la cuenta de que aquel sujeto se llamaba Mike. Pero, un momento. ¿Como podía saberlo?. No le había visto en mi vida, o quizá sí. Seguro que si, llevaba años sentándome en ese mismo taburete y contándole mis penurias. ¡Dios! ¿que me estaba pasando?. Esbocé una tímida sonrisa mientras sostenía de forma inestable la copa y sin reparar en lo que hacia pude de una forma que no alcanzaba a entender seguir con la conversación. – Ese maldito bufón consistorial está sobornando a todo el que puede. – hablaba del alcalde, el cual de pronto habia aparecido en mi pensamiento, como alguien con rostro con el cual no simpatizaba en exceso.

Mike asintió con la cabeza y se giró mientras dejaba el vaso boca abajo en una de las baldas que tenía a su espalda. Mientras lo hacia busqué en el bolsillo de la chaqueta el paquete de tabaco Pall Mall. Pero no estaba. Ni siquiera encontré el bolsillo de la chaqueta, tampoco tenía el mismo tacto. Una sensación de cosquilleo recorrió mi cerviz mientras noté como la dama vergüenza se adueñaba de mi ser, indicándome la salida mas rápida, correr.  Bajé la cabeza para poder cerciorarme y observar lo que parecía evidente.  Me encontraba completamente desnudo. Desnudo. De pronto todo se tambaleaba, el control de mi mente, mis músculos, había cedido la custodial de mi propio ser a un destino que no podía prever. Estaba flotando, estaba cayendo, inercia y fuerza centrípeta, vacío existencial que me hacia girar y caer, a velocidad de vértigo hacia quien sabe donde, quien sabe qué. No podía parar, voces lejanas intentaban hacerme volver pero yo no era capaz de discernir entre lo que me estaba pasando y la realidad. ¿O era todo parte de la realidad?¿Mi propia realidad?. Vástago en mi propio nuevo mundo, mi propio mundo de colores, colores de amenaza, colores de advertencia, colores de melancolía, tristeza, resentimiento y a su vez amistad, cercanía, libertad, felicidad. Colores de compañía. Colores que convertían lo meramente abstral en realidad pura pero efímera pues su duración estaba sujeta a mi propia conceptualización de las circunstancias.

Allí estaba yo, en el bar sentado, de nuevo, en el aire flotaba restos de humo, restos que documentaban que en algún momento no estuve solo, que en algún momento alguien había estado allí La madera del entarimado volvía a su ser, crujiendo, como si un momento antes hubiera sido pisada, pisada por alguien alguien que definitivamente ahora no se encontraba allí. El vaso que había depositado Mike seguía en el lugar en el que el lo había dejado, y el mantel  sobre el que se apoyaba se nutría de la humedad que momentos antes Mike se había esmerado en secar.

Todavía sudoroso, pero vestido. Me levanté del taburete, el cojinete se retorció intentando hacer desaparecer la forma de mi trasero. A duras penas sostuve mi cuerpo haciendo un esfuerzo por mantener el equilibrio. Anduve cinco metro tambaleándome de un lado a otro y me paré en seco. La musica cesó y George Thorogood volvió a ser parte de una selección.

Suspiré, pase el antebrazo por mi frente y abrí la puerta del bar.  Allí estaba ella, era la primera vez que la veía, pero la conocía de siempre. Era parte de mi desde hacia tiempo. No tenia rostro, una nube de oscuridad con forma humana, curvas de mujer, pero no era mas que una sombra. Se acercó a mí. Me abrazó. Note una fría brisa invernal. Cuando la rodeé con mis brazos. Pude ver como se desintegraba en millones de partículas, que se esforzaban en boyar en la fría noche. Caí en la cuenta de que lo estaba haciendo yo, era lo que se me había pasado por la cabeza, deshacer aquella forma, y estaba funcionando, soplé y un rebufo de colores se esparció por el aire. Olía a muerte. Olía a vida. Olía a incertidumbre. Una vez más había ocurrido, pero esta vez lo había hecho yo. Era yo quien controlaba mi destino. Era yo quien podía crear y destruir el universo que me rodeaba. Mi propio universo particular. Hecho a mi imagen y semejanza, dejando a un lado los placeres de la vida, excepto mis necesidades, como parte de mi propio castigo. Pero eso iba a terminar. Era el momento de construir mi nuevo mundo, una nueva era, donde el origen de todo provendría de  mi mente, un Big-Bang donde expandiría mi perfección a modo de hábitat habitable. Para mí.

Cierra los ojos y construye. Creador.

Seguro que ustedes imaginan la posibilidad de formar, y la incapacidad de controlar que es aplicable a cualquier situación. Imaginen entonces lo que se puede llegar a fundar como parte de una realidad que a priori parece moldeable, menos cuando los tentáculos que todo lo controlan a modo de Gran Hermano se vuelven incapaces de advertir que cosas escapan de su control o cuales se esconden y se hacen fuertes, esperando el momento de aparecer. Esto no es mas que la demostración de que aun siendo diferente,  el final, la hecatombe o el Apocalipsis tienen comienzos homólogos, el génesis.

Entonces no advertí la peligrosidad de mis actos. Contuve el aliento, cerré los ojos, tres, dos, uno. Comencé a formar.

¿Solo? Ya no.

Capítulo 4º: Melodía

Forzaba la máquina. Huía de  mi mismo. Correr sin mirar atrás. Los ladridos de los perros. Inquietos gritos que intuían que me había convertido en fugitivo. Sublevado contra la propia ignorancia de lo acaecido. Ni siquiera podía pensar en lo que había hecho. Ni tan siquiera sentirme culpable o jubiloso de mis actos, simplemente corría. Vi morir a ese niño. Lo vi con mis propios ojos. La templanza del ejecutor y el terror en los ojos del ejecutado. Nada más que carne. Nada más que sujetos. No importaba lo que hubieran hecho. Cayeron uno tras otro. Pero un niño…inocencia interrumpida. Maldita sea. Tiempo de muerte. Carencia de moralidad. No existe situación en la que sea lícito abatir a nadie. Robar la vida. Desaparecida humanidad. Un niño…era solo un niño.

Correr hasta llegar a ninguna parte. Vapuleado por las extremidades de los centenarios árboles. Ignoraba el dolor. Notaba el frío en mis mejillas. Adrenalina fluyendo por mis venas. Caía tropezando con las traicioneras raíces que asomaban desde el suelo. Volvía a levantarme y seguía corriendo. No recuerdo el tiempo, y ahora todo es intermitente. Pero de pronto todo estaba en silencio. Flotaba en una nube de inconsciencia. Mi cuerpo relajado, la mente inquieta.  Vi morir a ese niño.

Tuve que matarlo. Justiciero, afianzado en la convicción de la necesidad de mis acciones. Saqué los colmillos de la maldita bestia. Mi propia bestia. ¿Dónde se encontraba el limite de mis posibilidades?. ¿Dónde estaba la necesidad de encerrar mi propio yo?. ¿Cuánto tiempo llevaba actuando como una persona común?. Hasta ese momento me había escondido detrás de una mascara, una máscara que ocultaba mi verdadera realidad.

Aceleré de nuevo la marcha, corrí hasta perderme en el espacio tiempo. Cuando desperté. Había sangre en mi cuerpo. Estaba desnudo. Dolorido.  Convaleciente de  guayabo. Rodeado por una maraña de cuerpos que yacían  inertes.

¿Quién era en realidad?.

Mi sueño se repetía cada noche. Ni siquiera se cuantas veces soñé. Pero era en el mundo de los sueños, era en mis continuas pesadillas, donde disfrutaba de calor humano. Carentes en mi realidad consciente, sólo en sueños veía personas, animales, insectos. No me importaba tener que huir en ellas. Necesitaba mis pesadillas para no abrumarme con la soledad y agonía del mundo real, para no abrumarme con el simple hecho de  estar sólo.

Solo.

Hubo veces que despertaba intentando convencerme de que había escuchado un sonido. Un lejano grito de subsistencia. Una simbiótica conexión con alguien que se encontrara en la misma situación que yo.

No encontraba nada ni a nadie.

6 de Enero, algún lugar de Seattle

Decenas de personas habían pasado por delante de aquella cafetería. La camarera había llenado mi taza una y otra vez mientras me ofrecía una sonrisa cada vez que se lo agradecía. Mi cita de las 11 se retrasaba. Sonó el celular y la estridente melodía molestó a todo aquel que se encontraba cerca de mí. Me molestó incluso a mí. Leí el mensaje después de buscar por los interminables bolsillos de la chaqueta el aparato.

Un mensaje de disculpa para decirme que perdonara la tardanza.

Saqué un paquete de tabaco arrugado del bolsillo y golpeé con el dedo índice en la base del mismo. Recompensa, un cigarro. Chasqueé los dedos en la ruleta del Zippo y el olor a queroseno se mezcló con el aroma del café. El crujir del fuego al comerse el papel que iba consumiendo se hizo audible. Disfruté del momento. Del cuarto de baño, salió un hombre mayor que todavía estaba intentando subirse con mucho esfuerzo la bragueta del pantalón. Seguí fumando.

Unos quince minutos después Sally entro en el establecimiento. Esquivó y saludó con un gesto cortés a la atareada e incansable camarera mientras se disculpaba  conmigo torciendo el gesto de su precioso rostro. Su penetrante mirada que hacia tiempo que no había podido disfrutar me recordaba mi vulnerabilidad. Su pelo, titubeaba con sus hombros asomándose bajo el gorro que ensombrecía la luminosidad de su blanca piel. Poderosos e hipnotizantes labios rojos que parecían más una ilustración de Otto Mueller que una creación de la propia naturaleza, transmitían sentimiento y belleza sobrenatural. Puro expresionismo.

Me abrazó.

Su olor me trajo viejos y felices recuerdos. Noté como me apretaba con fuerza transmitiendo la sinceridad de una verdadera amiga.

Me mostró sus ilustraciones. Me transmitió sus expectativas en los proyectos que tenia en mente. Resumió todos los años que habíamos estado sin vernos en sonrisas, miradas, risas, silencios e incluso algún que otro lamento. Buscó consejo a las decenas de decisiones que había tomado y le quedaban por tomar. Hablamos hasta que se acercó la hora de comer.

Levanté la mano y llamé a la camarera. Esta se acercó secando sus manos en el delantal.

- ¿Sería posible comer?

La bata de trabajo de Kate, tenía bordado su nombre. Asintió con la cabeza mientras buscaba en el bolsillo del delantal. De este sacó una agenda muy usada y arrancó la primera  hoja que que arrugo con absoluta celeridad y lanzó bajo la barra del bar.

- Costillas de cerdo con salsa casera y ensalada acompañada de queso de cabra, es la especialidad de hoy.

Miré a Sally y ella me hizo gesto de aprobación con la cabeza.

- Perfecto. – dije mientras Kate apuntaba y levantaba la voz para informar al cocinero.

Seguíamos hablando hasta que Sally me preguntó sobre mi vida. Y Entonces silencio. Bajé la cabeza, volví a levantar mi mentón y mientras mentía con mi rostro le dije:

-¡Ya sabes!, como siempre. Todo bien. Trabajando y eso.

Su cara demostró complicidad y dolor. No se había creído nada. No me preguntó más. Respetó mi silencio. Pero me juzgó con la mirada. Comimos sin decir nada mientras en mi cabeza solo veía oscuras percepciones que aglutinaban la tristeza de mi existencia. No era nadie.

Despedí a Sally y ella me recompensó con un sincero reproche.

- Estoy aquí. Para lo que quieras. Disponible en todo momento. No dudes en llamarme. ¡Pero hazlo!

-Claro, lo haré. Me ha gustado mucho verte pequeña.

Arranqué el coche y pude ver como su silueta inmóvil se alejaba en el retrovisor hasta perderse.

Una melodía en la radio. The River.

Tomé el último trago de la copa de whisky y la dejé sobre la barra. Quizá un poco mareado. Quizá un poco cabreado. Mientras me dirigía a la puerta me pareció cruzarme con alguien. Alguien que no estaba allí. Con el ceño fruncido abrí la puerta del bar, noté el frió invernal en mi rostro y me aventuré a través de la noche.

Avanzaba en silencio, mientras el sonido del viento zumbaba en mis oídos. Había sido un día duro. Había sido un día largo. Un paso y después otro y mientras tanto la luna fría como el estaño observaba cada rincón de la ciudad.

Vacía. Vacío. Ralenticé mi marcha e intente agudizar mis sentidos. Ningún sonido acompañaba al viento. Mis pasos sonaban huecos en el pavimento. Miré en derrededor sumido en un forzada percepción de soledad.

El céfiro brizaba restos de humanidad abarcando las esquinas, fluctuando y chocando contra los muros que soportaban insensibles acometidas incesantes.

Mientras tanto los vehiculos abandonados en mitad de la avenida evidenciaban que algo había pasado, la vida de una ciudad, de una metrópolis que de pronto había frenado su ininterrumpido funcionamiento, todo parecía dejado, apartado, o tal vez olvidado, algo había cambiado.

Vacía. Vacío.

Nada ni nadie.

7 de Diciembre, Ottawa Ave, North Vancouver.

Volví a mirar esos ojos y su asustadiza mirada volvió a perderse en el disimulo. Sus movimientos demostraban que no estaba tranquila, que los fugaces encuentros de nuestras miradas había propuesto un juego. Sus labios contuvieron una tímida sonrisa que pareció escapar del control de la situación. Intenté mostrarme firme y demostrar que aquello funcionaba, que mi intención era espolear la evidente atracción. Asumí mi parte de responsabilidad y contuve el aliento mientras instaba la situación a convertirse en mas que un simple alarde. Pero no pude. Solo un momento después alguien me acarició la mano.

- ¿Vives cerca? – Me preguntaron aquellos labios que habían perdido cualquier tipo de timidez.

- Rosevery… – solo un segundo después y sin dejarme tomar las riendas de la conversación estábamos saliendo del local.

Pocas palabras mientras la ciudad avanzaba fuera de las ventanas del coche.  Su mirada fija en la carretera era el claro reflejo de la indierencia.

Su cuerpo desnudo entrelazado con el mio. El sentir de cada movimiento. Olvidarme de todo lo que me rodeaba para volcarme en hacer que todo fluyese. No era follar, o no en el sentido figurado de la palabra. Me apetecía sentirme bien porque los dos estábamos bien. Privatizar mi bienestar para dedicar cada acción, cada beso, cada caricia a su cuerpo. No, no era amor, no podía ser amor, ni siquiera se si Lindsay era su verdadero nombre, pero mi premisa era hacerla mía por un transcurso limitado de tiempo que tarde o temprano esta condenado a finalizar. Sus compulsivos movimientos, el calor y el sudor de su cuerpo, el simple hecho de dejarse llevar, mientras buscaba encontrar la sensibilidad de su sexo. Podía escuchar la viveza de su respiración, hacerse y deshacerse con cada una de mis acciones. Me sentía completo y a la vez vacío, aquello era fugaz.

Desperté buscando infructuosamente el calor de su cuerpo.

La televisión estaba encendida. El sonido de un armario al cerrarse. No estaba solo. Me levanté y mirando por la comisura de la puerta pude ver a Lindsay en la cocina. Llevaba puesta mi camiseta de los Canucks que transparentaba la silueta de su cuerpo desnudo. Sus pies descalzos bailaban al son una melodía que no podía escuchar. Sus dos manos sostenían  una taza de desayuno.

- ¡Buenos días! – Dije sosteniendo el tono grave de mi voz.

Volví a despertar.

Solo.

Capítulo 2: Sombras

Miro hacia atrás hilvanando la grandilocuencia de mis actos. Dedico un instante a reconocerme en el intento de advertir en que me he convertido. Justificar la muerte como parte de la salvación, mostrarme confiado y jactarme de la desaparición del ser humano, prevalecer, sobrevivir, destacar, nada más que eso. No elegí el hecho de convertirme en lo que soy, simplemente me muestro como debo ser, como soy.

Al cerrar el viejo cuaderno, me sumí en mis pensamientos. La otrora algarabía de la ciudad de San Francisco había sido robada y en su lugar la algazara vapuleada mostraba sus garras de incertidumbre. Miré en rededor intentando discernir entre las sombras una simple expresión de cercanía, pero solo encontré sombras, nada más que eso. Un suspiro borbolló el silencio y alborotó las partículas de polvo que mecidas en el ambiente navegaban sobre los haces de luz del comedido aplique.
Súbdito de mis inquietudes me levante de la silla y salí al pasillo del decrépito hostal. Apoyándome en la comisura de la puerta observe el final del corredor. Fue entonces cuando entendí todo.

Sombras.

3 de Noviembre, Rosevery Aveniu, Vancouver.

Un despertar plañidero sucumbió a la oscuridad. Me esforcé en abrir los ojos vislumbrando algo que lacró mi tranquilidad. Una sombra se cernía sobre mí. Abofeteé la escasa claridad y sentí el aséptico elemento. Rápidamente aparté mi mano en un intento de rechazar la bascosa sensación. Asustado, me esforcé en enfocar mi somnolienta mirada, usé mis dedos en un intento de ludir mis ojos y cuando aparte mis manos del rostro, nada, no había nada.
Consideré la situación incorporándome en la cama. Aturdido por la experiencia me conciencié de que se trataba de un error, nada más que eso, un simple lapso.

Fiché mi tarjeta y me sumé a la hilera de trabajadores que ordenadamente entrabamos a trabajar a la planta de validación de componentes electrónicos de WildWood. En esa época del año y a las seis de la mañana el congelado ambiente atravesaba la cremallera de mi gabardina y podía sentir el frio en mis huesos. Tras cruzar el umbral de la entrada del pabellón me retiré el gorro y alcancé la entrada a los vestuarios. El bullicio en el interior era notorio.
Ruido que amenazaba el silencio.
Hacía calor y las baldosas de gres dibujaban marañas de reflejos en el fregado suelo. Saludé a quien me encontré en mi camino y pude llegar a mi taquilla, la número 23º. Me senté en el banco una vez abierta esta y empecé a desabrocharme el abrigo,  me limité a escuchar.
A mi izquierda Daniel Counsel y Justin Taylor charlaban sobre la excursión realizada al acuario del Parque de La Costa con sus respectivas familias.
Mientras ellos disfrutaban de una tarde familiar yo también lo hacía,  visitando el geriátrico Diamond.
A mi espalda, Ethan Knutson, Barry MacKillop y Michael Garrow discutían sobre el partido de Hockey de los Vancouver Canucks y de como el árbitro había beneficiado al rival.
Enésima vez que el  árbitro beneficiaba al rival.
A mi derecha, Ryan Kesler miraba al techo distraído, esperando para no ser el primero en salir del vestuario. Ryan como yo, llevaba más de 10 años en la empresa. Conocíamos bien cuáles eran los errores a no cometer y hasta donde podíamos tirar de la cuerda cuando había que pedir algo. Aunque yo siempre me he mantenido en un segundo plano, ese sitio donde pase lo que pase no suele suponer un duro golpe. El lugar exacto. No era un mal trabajo, tampoco cobrábamos mucho, pero viviendo solo, no necesitaba más; La posibilidad de estar acompañado de gente al menos 8 horas al día y el poder pagar los tratamientos de mi madre. Supongo que era alguien normal, no destacaba, no molestaba y aunque quizá tampoco aportaba, no me hacía falta.

Seguramente estaba siendo conformista, seguramente jamás me llegué a plantear si seguía un rumbo o un camino hacia alguna parte. Quizá fue eso lo que me indujo a buscar en las sombras algo que quizá no encontraba en mi sosegada vida, algo que me aportaría lo que hasta aquel momento no había sido capaz de sentir. Sombras que ocultaban secretos. Lugares donde no acostumbramos a mirar. Tinieblas que ciertamente inquietan nuestra seguridad en la luz,  sombras que percibimos como  ausencia de luz, pero que mirando más fijamente y aumentando nuestra percepción supone la posibilidad de encontrar algo, algo que definitivamente cambiaria mi vida. Y es ese algo se convertiría en la mayor sucesión de catastróficas desdichas. Una serie de contratiempos que de forma fastuosa aprendería a sobrellevar. Una historia que ahora estoy dispuesto a contar.

Zure presentzia (Euskaraz)

Gauak hotzak izaten dira zure presentzia sentitzen ez dudanean, bakardadean murgildu nintzen joan zinen egunean eta ni neu aurkitu ezinik nabil hartatik. Zure besarkada xamur eta gozoek nire bizitza alaitzen zuten hori inoiz bukatuko ez zela pentsaraziz, zure irudia momenturo buruan izanik. Baina gauzak aldatu egin ziren, beste bat maite zenuela esan zenidanean. Burnizko adreiluz eraikitako sentimenduak kupida barik deseginez joan ziren eta nire ametsik gozoenak bat-batean urrun ikusi nituen, ezin nuen sinetsi nire bizitzatik alde egingo zenuenik, ezin nuen sinetsi zure bizitza nirekin konpartitu nahi ez zenuenik, ezin nuen sinetsi. Egin gabeko bidaiak, elkarrekin biziko ez genituen momentuak, guzti hori etorri zitzaidan burura. Desesperantzak jota negarrez hasi nintzen, malko gaziak begi-txokotik aldegiten utziz, nire aurpegia zeharkatuz eta zure tristuraz beteriko begiek ez zuten momentua lasaituarazi. Ezjakintasunak agintzen zuen dimentsiora jausi nintzen, zure irudia korapilo dimentsional batean desagertuz zihoala, kate ikusezinek zugandik urruntzen ninduten. Etxeko atetik irten zinenean bakarrik geratu nintzen, mugitzen uzten ez zidaten kate madarikatuak askatu ninduten momentu horretan eta nire negarra, etsipenak lagunduta desagertu egin zen. Ezpainak momenturarte josita izan banitu bezala elkarrengandik askatu egin ziren ” maite zaitut ” ahul bat eskainiz. Bakarrik nengoen, hormak inoiz baino isilago zeuden,, koadroen irudiek zurrunbilo kaotiko baten moduan desagertzen ziren, ezin nuen ezer ikusi, ezin nuen ezer sentitu…..

Gauak ilunak izaten dira zure presentzia sentitzen ez dudanean. Hortzak garbitu bezain laster sartu nintzen ohera. Ohe handiegia zen niretzat baina nire betiko zatia baino ez nuen erabiltzen, zu noizbait etorriko zinen esperantzaz. Argiak amatatzean iluntasuna nagusitu zen guztiaz baina nire begiak loari aurre egiten zioten, iluntasunean irudiak bilatzen zituzten. Bat-batean itzartu nintzen, izerdiz blai, bihotzak lasterketa geldiezinean zebilen eta azkar arnasten nuen airea faltan nuelakoan. Ohetik altxatu eta argia piztu nuen, logela hutsik zegoen. Armairuko atea zabalik zegoen oraindik eta zuk zure gauzak gorde ohi zenuen zatia hutsik. Gaua atzarri igaroko nuela argi zegoen ezin zintudan burutik kendu…..

Eguzkiko lehen izpiak lotsati argitzen zuten etxeko lorategia, kolore gorriz estalitako hiria neukan nire aurrean, gaua lorik egin gabe pasa zen eta ni desertu amaigabean galdutako zaldun etsitua nintzen, esperantza guztia galduta, bizitzeko gogoa desagertuta. Gauean eratutako ihintza, bedarra askatzera behartuta ikusi zen, eguzki izpiak mundua berotzen zuten…..

Hiru, Bi, Bat…Hilda?….

Harrizko ezproi batetik begiratzen dut mundua, inoiz baino libreago sentitzen naiz. Haizearen besarkada, naturaren handitasunaren erakustaldian murgildurik, non ni partikula txiker bat baino ez naiz. Nire bizitzak ba al du garrantzirik? Norbaitek igarriko du nire falta? ….

Burua bueltaka. Hiru, bi……..
Non nago…..
Bi, bat…….Salto egin eta guztia amaituko da……..
Bat, bat, bat, bat….ezin dut…..

Bat, bakarra, ni neu, mugagabetasuna, hain urrun, hain hurbil, sentipenak edozein lekura iritzi daitezkeen galdetzen diot nire buruari, harrizko ezproi honetatik salto egiten badut ere, sentipenak nire gorputz hilotza jarraituko dute, seguru nago. Nola askatu, nola desegin , nola senti naiteke libre. Salto…..

Orain hau da nire bizitza…..

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