Tienes un momento para coger aire, justo antes de cerrar los ojos. Pero no sirve de nada, resulta que tu cabeza ha empezado a jugar, resulta que por un momento abandonas el control de tu pensamiento, y la censura que aplicas por costumbre llega demasiado tarde para frenar lo inevitable. Tus músculos se tensan en señal de autodefensa, y justo cuando abres los ojos, la nitidez se vuelve un concepto arcaico y lejano, como de otra época. Estás vendido, estas vencido, no hay nada que hacer. Pero, ¡Un momento! No puedes morir, no es tu momento, o sí, quizá mueras de la forma mas simple y ridícula, sentado en el sofá. Ves a tu familia llorando tu perdida mientras te esfuerzas en convencerte de que eso no sucederá. Ves a tu madre, ves a tu padre, ves pero no ves porque hay esta ella, tu niebla, porque es tuya, porque ahora mismo todo es tuyo, eres tacaño, egocéntrico y estas solo, pero es pasajero, es intensidad que jamás habías sentido que envuelve tu percepción. Ahora todo es ridículamente efímero y volátil, ahora nada tiene importancia, pero por un instante, valoras lo que has sido. Y te das cuenta de que has sido poco, de que no has completado el ciclo de tu existencia, de que has pasado por el mundo como el suspiro de un oso que hiberna en la caverna, de que no quieres que sea tu momento. Es una lágrima la que abandona el lagrimal para recorrer tu mejilla, pero está vez, llorar no es suficiente.
Acompañada del más infalible de los ejércitos, la reina ansiedad obedece las órdenes del Señor Terror que desde su trono en las antípodas ríe a carcajadas por la batalla que está a punto de vencer. Son los primeros envites, los que destruyen tus débiles defensas que por la poca previsión dispuesta han acabado por fallar en su importante función. Y es eso, exactamente eso lo que provoca que te pongas en pie, intentado descubrirte en el reflejo de un espejo para asegurar tu existencia material. Buscas una acción natural, una abrir puerta, un mirar por la ventana, algo que haga volver la vista de tus elucubraciones, porque sabes o intuyes que si no miras la batalla, habrás ganado tiempo para huir por algún recóndito recoveco en tu mente, un camino hacia las antípodas de tu mente, donde el Señor Terror haya dejado su trono vacío, por lo de no poder ser visto por un simple mortal, aunque el hedor del lugar te recuerde, que unos segundos antes desde allí se estaba maquinando la aniquilación del control de tu propio intelecto.
Te has calmado. Y es ahora cuando rompes a llorar. Llora, llora tranquilo, la contienda aún no está perdida.
1917 Петроград – Petrograd (Actual San Petersburgo)
Ningún lugareño se atrevía a asegurarlo, pero era el invierno mas frío en muchos años. A los pies de un muro de una gran fabrica textil, una hoguera servia de cobijo a tres jóvenes que deambulaban por las calles en aquellas oscuras noches. Tras abandonar el orfanato, Sasha, Kolya y Edik se las apañaban para buscar sustento de forma honrada y otras veces no tan honrada. La hostilidad de algunas de las gentes que poblaban la ciudad contrastaba con la amabilidad de otros que aún teniendo poco se las arreglaban para ayudar a los tres chicos. Aquella noche, la señora Yulya había preparado un cuenco lleno de Stroganoff (tiras de carne de ternera con nata) y los tres chicos agazapados al lado de la hoguera comían con la mano disfrutando cada uno de los pedazos que podían llevarse a la boca.
- ¡Esto está de muerte! – dijo Sasha con la boca llena de carne. – ¡Bendita vieja!
- La verdad es que…- Pero de pronto, la voz de Kolya se vio interrumpida por un estruendo. Los tres chicos Se levantaron del suelo y se colocaron en la comisura del muro. La ligera luz que desprendía la hoguera no servia para hacer identificable el bulto que estaba en el suelo a unos metros más allá. Una luz azul fatua iluminaba lo que de pronto y como si de un espasmo se tratase, se levanto. Entonces pudieron identificar que se trataba de un hombre.
No alcanzaría el metro ochenta y tenia una apariencia cuanto menos extraña. Las vestimentas parecían sacadas de otro lugar. El traje parecía acolchado y tenia decorados sintéticos. Los chicos se miraron asombrados. Jamás habían visto una vestimenta tan extraña. Un casco de color negro tapaba la cabeza del hombre que de pronto no podía mantener el equilibrio.
La voz de Edik rompió el silencio – Creo que deberíamos ayudarle, parece enfermo.
-Shhh, espera un instante – a Sasha todo aquello le parecía extraño, el sujeto no parecía petroburgues y no eran tiempos fáciles para fiarse de un extranjero. Aquella misma mañana Sasha había podido leer en una gaceta extraordinaria que la amenaza Soviet se cernía sobre la ciudad, la y que Nicolas II había sido destituido como Zar. Sasha era joven, pero lo suficientemente capaz para relacionar la instauración del nuevo régimen con aquella extraña aparición.
- ¡Señor! Nos entregamos Señor – fue la forma de intentar disminuir la sensación de amenaza.
El sonido de las llamas acompañaba al más absoluto silencio, de pronto el entorno pareció perecer en una espera que se hizo eterna. El hombre giro su cabeza en dirección a los chicos y se irguió en postura autoritaria. Levanto el brazo derecho torciéndolo ligeramente y con la mano izquierda, pulso algún atípico elemento que se sostenía en su muñeca. Lo que pasó después hizo que los tres chicos abrieran la boca sorprendidos. Un sonido mecánico y un soplido de gas fueron las premisas antes de que el casco de forma veloz pero delicada se replegara a la altura del cuello del sujeto.
Una sonrisa en la cara del foráneo tranquilizo la situación.
- Hola, chicos. Mi nombre es Hadrien.
2 de Julio, Seattle
En el año
Sabemos que para el hombre la tierra no es su hermana, sino su enemiga, y cuando la ha conquistado, continúa aún más lejos. Abandona la tumba de sus antepasados y no le preocupa. Roba la tierra a sus hijos, y no le importa. La tumba de sus ancestros y el patrimonio de sus hijos caen en el olvido. Trata a su madre, la tierra, a su hermano, y al cielo, como cosas que se compran, roban, venden, como ovejas o perlas brillantes. Hambriento, se tragará la tierra, y no dejará sino un desierto.
Fue un gran jefe amerindio el que profesó estas palabras que hoy por hoy son aplicables en todo su contexto.
Me sentía como un grano de arena en un gran desierto provocado por el todavía incandescente gas del ansia de poder. Vacío de significado, el tiempo se hacia perenne. Igual que mi existencia, condenado a permanecer.
Había perdido la identidad, pero este es un tema que merece una aclaración. En cada momento de nuestras vidas, en cada instante, tomamos decisiones, decisiones que provocan consecuencias, y estas consecuencias son únicas para cada decisión. No es algo bilateral, sino multilateral, cientos de miles de posible acciones por cada consecuencia. Llamémosle caminos de existencia o alcachofas como mas os guste, pero aunque antes me mostraba incrédulo ahora soy consciente de que aunque mi identidad tome una decisión, existen otras decisiones no exentas de su propia identidad. Y resulta que en mi presente, vuestro presente, las identidades y decisiones ya no van de la mano y esto ha provocado que algunos de esos caminos se mezclen. Pero no es mi culpa, sino la culpa del monstruo que han creado, si, han oído bien, ellos, los constructores de la paradoja, los constructores del principio del final. Porque el final necesita un arquitecto, o mejor dicho, varios, pero ese es otro tema que podréis entender, pero no ahora, sino mas adelante.
El caza había comenzado, y solo podía quedar uno. Tenia que esforzarme, superarme, tenía que ser el único. Yo.
Bienvenidos a mi mundo. ¿Pensabais que estaba solo? Estabais equivocados.
Tienes un momento para coger aire, justo antes de cerrar los ojos. Pero no sirve de nada, resulta que tu cabeza ha empezado a jugar, resulta que por un momento abandonas el control de tu pensamiento, y la censura que aplicas por costumbre llega demasiado tarde para frenar lo inevitable. Tus músculos se tensan en señal de autodefensa, y justo cuando abres los ojos, la nitidez se vuelve un concepto arcaico y lejano, como de otra época. Estás vendido, estas vencido, no hay nada que hacer. Pero, ¡Un momento! No puedes morir, no es tu momento, o sí, quizá mueras de la forma mas simple y ridícula, sentado en el sofá. Ves a tu familia llorando tu perdida mientras te esfuerzas en convencerte de que eso no sucederá. Ves a tu madre, ves a tu padre, ves pero no ves porque hay esta ella, tu niebla, porque es tuya, porque ahora mismo todo es tuyo, eres tacaño, egocéntrico y estás solo, pero es pasajero, es intensidad que jamás habías sentido que envuelve tu percepción. Ahora todo es ridículamente efímero y volátil, ahora nada tiene importancia, pero por un instante, valoras lo que has sido. Y te das cuenta de que has sido poco, de que no has completado el ciclo de tu existencia, de que has pasado por el mundo como el suspiro de un oso que hiberna en la caverna, de que no quieres que sea tu momento. Es una lágrima la que abandona el lagrimal para recorrer tu mejilla, pero esta vez, llorar no es suficiente.
Acompañada del más infalible de los ejércitos, la Reina Ansiedad obedece las órdenes del Señor Terror que desde su trono en las antípodas ríe a carcajadas por la batalla que está a punto de vencer. Son los primeros envites, los que destruyen tus débiles defensas que por la poca previsión dispuesta han acabado por fallar en su importante función. Y es eso, exactamente eso lo que provoca que te pongas en pie, intentado descubrirte en el reflejo de un espejo para asegurar tu existencia material. Buscas una acción natural, un abrir puerta, un mirar por la ventana, algo que haga volver la vista de tus elucubraciones, porque sabes o intuyes que si no miras la batalla, habrás ganado tiempo para huir por algún recóndito recoveco en tu mente, un camino hacia las antípodas de tu mente, donde el Señor Terror haya dejado su trono vacío, por lo de no poder ser visto por un simple mortal, aunque el hedor del lugar te recuerde, que unos segundos antes desde allí se estaba maquinando la aniquilación del control de tu propio intelecto.
Te has calmado. Y es ahora cuando rompes a llorar. Llora, llora tranquilo, la contienda aun no está perdida.
1917 Петроград – Petrograd (Actual San Petersburgo)
Ningún lugareño se atrevía a asegurarlo, pero era el invierno mas frío en muchos años. A los pies de un muro de una grán fabrica textil, una hoguera servia de cobijo a tres jóvenes que deambulaban por las calles en aquellas oscuras noches. Tras abandonar el orfanato, Sasha, Kolya y Edik se las apañaban para buscar sustento de forma honrada y otras veces no tan honrada. La hostilidad de algunas de las gentes que poblaban la ciudad contrastaba con la amabilidad de otros que aún teniendo poco se las arreglaban para ayudar a los tres chicos. Aquella noche, la señora Yulya había preparado un cuenco lleno de Stroganoff (tiras de carne de ternera con nata) y los tres chicos agazapados al lado de la hoguera comían con la mano disfrutando cada uno de los pedazos que podían llevarse a la boca.
- ¡Esto está de muerte! – dijo Sasha con la boca llena de carne. – ¡Bendita vieja!
- La verdad es que…- Pero de pronto, la voz de Kolya se vio interrumpida por un estruendo. Los tres chicos Se levantaron del suelo y se colocaron en la comisura del muro. La ligera luz que desprendía la hoguera no servia para hacer identificable el bulto que estaba en el suelo a unos metros más allá. Una luz azul fatua iluminaba lo que de pronto y como si de un espasmo se tratase, se levanto. Entonces pudieron identificar que se trataba de un hombre.
No alcanzaría el metro ochenta y tenia una apariencia cuanto menos extraña. Las vestimentas parecían sacadas de otro lugar. El traje parecía acolchado y tenia decorados sintéticos. Los chicos se miraron asombrados. Jamás habían visto una vestimenta tan extraña. Un casco de color negro tapaba la cabeza del hombre que de pronto no podía mantener el equilibrio.
La voz de Edik rompió el silencio – Creo que deberíamos ayudarle, parece enfermo.
-Shhh, espera un instante – a Sasha todo aquello le parecía extraño, el sujeto no parecía petroburgues y no eran tiempos fáciles para fiarse de un extranjero. Aquella misma mañana Sasha había podido leer en una gaceta extraordinaria que la amenaza Soviet se cernía sobre la ciudad, además de que a estas alturas Nicolas II había sido destituido como Zar. Sasha era joven, pero lo suficientemente capaz para relacionar la instauración del nuevo régimen con aquella extraña aparición.
- ¡Señor! Nos entregamos Señor – fue la forma de intentar disminuir la sensación de amenaza.
El sonido de las llamas acompañaba al más absoluto silencio, de pronto el entorno pareció perecer en una espera que se hizo eterna. El hombre giro su cabeza en dirección a los chicos y se irguió en postura autoritaria. Levanto el brazo derecho torciéndolo ligeramente y con la mano izquierda, pulso algún atípico elemento que se sostenía en su muñeca. Lo que pasó después hizo que los tres chicos abrieran la boca sorprendidos. Un sonido mecánico y un soplido de gas fueron las premisas antes de que el casco de forma veloz pero delicada se replegara a la altura del cuello del sujeto.
Una sonrisa en la cara del foráneo tranquilizo la situación.
- Hola, chicos. Mi nombre es Hadrien.
2 de Julio, Seattle
Sabemos que para el hombre la tierra no es su hermana, sino su enemiga, y cuando la ha conquistado, continúa aún más lejos. Abandona la tumba de sus antepasados y no le preocupa. Roba la tierra a sus hijos, y no le importa. La tumba de sus ancestros y el patrimonio de sus hijos caen en el olvido. Trata a su madre, la tierra, a su hermano, y al cielo, como cosas que se compran, roban, venden, como ovejas o perlas brillantes. Hambriento, se tragará la tierra, y no dejará sino un desierto.
Fue un gran jefe amerindio el que profesó estas palabras que hoy por hoy son aplicables en todo su contexto.
Me sentía como un grano de arena en un gran desierto provocado por el todavía incandescente gas del ansia de poder. Vacío de significado, el tiempo se hacia perenne. Igual que mi existencia, condenado a permanecer.
Había perdido la identidad, pero este es un tema que merece una aclaración. En cada momento de nuestras vidas, en cada instante, tomamos decisiones, decisiones que provocan consecuencias, y estas consecuencias son únicas para cada decisión. No es algo bilateral, sino multilateral, cientos de miles de posible acciones por cada consecuencia. Llamémosle caminos de existencia o alcachofas como mas os guste, pero aunque antes me mostraba incrédulo ahora soy consciente de que aunque mi identidad tome una decisión, existen otras decisiones no exentas de su propia identidad. Y resulta que en mi presente, vuestro presente, las identidades y decisiones ya no van de la mano y esto ha provocado que algunos de esos caminos se mezclen. Pero no es mi culpa, sino la culpa del monstruo que han creado, si, han oído bien, ellos, los constructores de la paradoja, los constructores del principio del final. Porque el final, necesita un arquitecto, o mejor dicho, varios, pero ese es otro tema que podréis entender, pero no ahora, sino mas adelante.
El caza había comenzado, y solo podía quedar uno. Tenia que esforzarme, superarme, tenía que ser el único. Yo.
Bienvenidos a mi mundo. ¿Pensabais que estaba solo? Estabais equivocados.